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Cul de sac

Por José Luis Muñoz , 26 noviembre, 2018

En eso estamos. En un callejón sin salida y una estupidización del debate político parlamentario que alcanza cotas de grosería jamás vistas. Si en el Parlament de Catalunya  Carlos Carrizosa, de Ciudadanos, se creía en el patio de la escuela cuando le decía al diputado de ERC Rubén Wagensberg que eso, no me acuerdo qué era, se lo dijera en la calle, en el congreso de los Diputados era el televisivo Gabriel Rufián, de ERC, el que encendía el hemiciclo con su habitual estilo tabernario contra el ministro Josep Borrell afeándole que fuera a las manifestaciones de Sociedad Civil Catalana, sin venir a cuento, y éste, en la desbandada del grupo republicano del Congreso, tras la expulsión de Rufián por parte de la paciente Ana Pastor, se quejaba del escupitajo que, según él, porque nadie más lo vio, le lanzó el diputado de ERC Jordi Salvador.

El fake de Josep Borrell (no ha esgrimido prueba física de ello, seguramente interpretó un gesto despectivo del diputado saliente como amago de escupitajo) ha copado portadas de diarios, sobre todo digitales, ha salido en telediarios y en programas de debate político como si el ministro de asuntos exteriores del gobierno de Pedro Sánchez hubiera sufrido un atentado terrorista. En un gag de humor el programa FAQS de TV3 comparaba el atentado de Josep Borrell con la teoría del fiscal Jim Garrison sobre la bala mágica que acabó con la vida de JFK en Dallas. Si no es con humor, esto es intragable.

Mientras Ciudadanos, sumándose al PP de Pablo Casado a la competición por el espacio de la extrema derecha,  ya ha condenado a los presos políticos catalanes, puesto que está haciendo una ridícula campaña contra un posible indulto de ellos por parte de Pedro Sánchez, y utiliza un autobús con la cara sonriente de Oriol Junqueras que, según ellos, está pasando unas vacaciones de lujo en la prisión de Lladoners, Vox, con la ayuda inestimable del pope ultraderechista norteamericano Steve Bannon (el mago que hizo ganar las elecciones a Donald Trump y va a levantar en Italia una universidad para formar cachorros hitlerianos que defiendan las raíces judeocristianas de Europa) llena palacios deportivos  con el aplauso de un Fernando Sánchez Dragó, más feliz desde que su hija quedó finalista en el último Planeta, que de comunista pasó a ácrata (un libertario que besaba al caudillo  José María Aznar y lo invitaba en Negro sobre Blanco para que hablara… de literatura), y de ácrata a la extrema derecha nostálgica del franquismo.

Franco, todo hay que decirlo, sigue más vivo que nunca quizá porque nunca murió del todo. El 20N, nostálgicos del aguilucho y del Generalísimo daban una paliza y escupían (ellos sí) a las valientes chicas de Femen que, a pecho descubierto, se infiltraron en su manifestación ultra y gritaron “Fascismo legal, vergüenza nacional” (ellas tienen un valor del que yo carezco) mientras se corre el peligro de que la momia incorrupta del dictador vaya del Valle de los Caídos a la Almudena de Madrid. Contra Franco vivíamos mejor.

Y mientras, como si nada de eso fuera con ellos porque ya se han desconectado, de España y del mundo real y están en otra galaxia, en una realidad paralela, los ilusionados con esa República Catalana, la que duró lo que una cerilla entre los dedos, la que fue vista y no vista, un fake como el escupitajo de Josep Borrell, y hablan de implementarla contra la mitad de la población de Catalunya, se niegan a dar apoyo a unos presupuestos sociales que, entre otras cosas, llevan suculentas partidas que la nació  catalana necesita urgentemente. La estrategia suicida del independentismo catalán parece ser la de cuanto peor, mejor, forzar unas elecciones generales y arriesgarse a que quien se siente en la Moncloa sea Rafael Casado, Albert Rivera o un tripartido formado por PP, Ciudadanos y Vox (es lo que pide José María Aznar, el siniestro  tipo que mueve la cuna mientras sus allegados van entrando en prisión) que aplique de nuevo el artículo 155, cierre la televisión pública catalana e intervenga la educación. Saben ellos, PDcat, o cómo demonios se llamen ahora, ERC y la CUP, que Pedro Sánchez no puede ir más allá e interferir en el procedimiento judicial. Pero da igual; el plan del independentismo catalán es que no hay plan.

Si siempre me cargó el nacionalismo español, el de la megabandera rojigualda que mandó izar José María Aznar en la madrileña Plaza Colón tras poner los pies en la mesa de George W. Bush, hablar en texmex con él en la intimidad y hacerse esa foto histórica en las Azores, las demostraciones patrióticas catalanas me recuerdan a los juegos florales del franquismo y también me hartan. Sorprendentemente esos dos millones que han comprado el relato independentista no decrecen sino que crecen y parecen buscar ese contra el PP vivíamos mejor a juzgar por su deriva última. Por eso creo que me he ido a vivir a Aran, territorio de frontera, bastante virgen y casi deshabitado, y desde allí extiendo mi mirada sobre un mundo que ni entiendo ni pretendo entender. Loco, loco, loco.

Me sueno la nariz con todas las banderas, Dani Mateo, incluida la negra, y me cago en todos los dioses, Willy Toledo.

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