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Cuando la piel se impregna de lírica

Por Marisa Cuyás , 27 marzo, 2014

Cuando en un país que dedica muy poco tiempo y esfuerzo al fomento de la cultura en general y la lírica en particular, sigue habiendo personas como Ana María Iriarte, reconocida y afamada mezzosoprano española en la década de los años 50, que apuestan por la defensa no sólo de esa música, sino también por la continua formación y búsqueda de oportunidades para que los más jóvenes y desconocidos valores en este complicado mundo donde la voz alcanza momentos sublimes dejando inolvidables recuerdos en un público cada vez más envejecido, sin encontrar solución de continuidad entre esos otros que desconocen la lustrosa historia lírica de un país que ha dado muchas más grandes voces de lo que podemos llegar a intuir.

Ana María Iriarte

Ana María Iriarte

Las tablas de los mejores escenarios europeos, Milán, París, Viena, Londres… se convirtieron en su casa durante algo más de 10 años recibiendo galardones ahora injustamente olvidados, tanto como su carrera, pero que  sin embargo sirvieron para llevar la grandeza de una armoniosa, cuidada y magistral voz a éxitos que siempre permanecerán en los escenarios, su estudio y como no en su memoria.

La música sigue formando parte de su vida, no ha dejado de hacerlo en ningún momento, incluso a la hora de crear su familia al lado de otro gran olvidado, Enrique Inurrieta, que siguió los pasos de su padre, fundador del sello discográfico discos Columbia España, descubriendo entre otros a Julio Iglesias aunque ahora la memoria sea tan frágil como inexistente. La zarzuela les unió y sobre todo el amor  por la música a través de un camino difícil e incansable que aún hoy sigue recorriendo la propia Ana María Iriarte, aunque en estos momentos desde otra trinchera.

Han pasado los años y los aplausos se han ido apagando, pese a todo su esfuerzo y tenacidad siguen intactos. Las únicas puertas que se abren, a su paso firme, son las que ella misma empuja con el esfuerzo de una silenciosa y satisfactoria labor encaminada a formar desde su escuela de canto nuevas voces que amen tanto la lírica como ella lo hace a diario.

Un escaso conocimiento y aprendizaje de la música en los colegios son para ella la causa del desconocimiento y por ende alejamiento de las jóvenes generaciones a la lírica, comprobación que realiza empíricamente cada vez que decide patronar, a través de la Fundación Ana María Iriarte que sabia y cuidadosamente dirige Alejandro Inurrieta, producciones  olvidadas o desconocidas empleando su patrimonio y esfuerzo en un continuo remar en contra de la marea aunque finalmente acaban teniendo tanto éxito como la ópera “La Celestina”, “Pan y Toros” o el único concurso internacional dedicado íntegramente a la zarzuela que este año llegará a su IV edición, el Concurso Internacional de Zarzuela “Ana María Iriarte”.

Viendo la fuerza y la ilusión, que con sus avanzados 80 años, destila cada día Ana María Iriarte no cabe ninguna duda que su piel está impregnada de un inmenso amor por la música, el mismo que ha sabido sabiamente transmitir a su hijo Alejandro Inurrieta, el cual codo a codo con ella intenta hacer que su Fundación siga luchando contra vientos cada vez más adversos en un océano poco proclive al fomento de la música y en particular la lírica. Quizás no lleguen brisas calmadas en las que la cultura deje de navegar por aguas bravas y complicadas pero su labor seguirá y sobre todo quedará para aquellas personas que han tenido el honor de disfrutarla.

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