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Coronavirus y libre mercado

Por Carlos Almira , 31 marzo, 2020

En la actual crisis del coronavirus se ha puesto de manifiesto, entre otras muchas cosas, la incapacidad del mercado para aportar soluciones. La famosa eficiencia del laissez faire-laissez paser en la asignación racional de los recursos económicos corre el riesgo de caer en el mismo descrédito que, en su día, marcó el principio del fin del régimen comunista, basado en la planificación económica centralizada.

Hoy nos es urgente proveernos de mascarillas, respiradores, test de contagio del covid-19, para nuestros sistemas sanitarios, en decenas, centenares de países. ¿Qué ocurre? En el normal funcionamiento del mercado, se produce una presión mundial de la demanda sobre estos artículos, que lleva a una ruptura de estocks y a la especulación y el desabastecimiento de los mismos, con las consiguientes muertes y contagios que hubieran podido evitarse de otro modo. ¿Es esto un ejemplo del mal funcionamiento del libre mercado?

De ningún modo. En la lógica económica liberal, la oferta y la demanda, con los consabidos mecanismos de oligopolio y monopolio en su caso, hoy están actuando a la perfección como siempre. Pues el fin del mercado, en esta lógica al menos, no es servir al bien común, sino maximizar (“racionalizar”) la asignación de costes, la ventana de oportunidad y la obtención de beneficios, a partir del sacrosanto derecho a la propiedad privada, no para el conjunto de la sociedad sino para el interés privado de los detentadores de ese derecho de propiedad.

En este momento en el que escribo, producir mascarillas, respiradores o test de contagio no es, en términos clásicos liberales o neo-liberales, una necesidad social, ni menos aún una obligación moral, sino una excelente oportunidad de negocio habida cuenta del estrés de la demanda mundial sobre estos productos. Según esta misma lógica, hasta ayer (y aún hoy para muchos, aunque no se atrevan a decirlo ya tanto, en voz alta), cerrar hospitales públicos, privatizar los que funcionaban bien y clausurar los que tenían “pérdidas”, reducir costes en personal, infraestructuras, medicamentos, dispositivos, etcétera, era algo perfectamente racional y eficiente, desde el punto de vista «económico». Tal era la única política racional a seguir.

El problema del mercado definido en tales términos, no es pues que no resuelva la urgencia social del momento (la urgencia sanitaria), sino que tal urgencia le es completamente ajena y extraña por definición. En los antiguos países comunistas, la planificación centralizada llevaba al absurdo de producir millones de botas del mismo pie, o ruedas de tractor que no encajaban, porque, según la visión clásica liberal y neoliberal, y era algo real en este caso, no tenía en cuenta, ignoraba olímpicamente, entre otras cosas el cálculo y la asignación de costes de oportunidad. Sus únicos beneficiarios eran las élites del Estado y del Partido Comunista de turno, que oprimía a la población, hundía sus niveles de vida artificialmente, y se abastecían de zapatos y coches en el mercado capitalista mundial.

Frente a eso, los defensores del “libre mercado” nos recordaban la fábula de las abejas de Mandeville: el egoísmo individual y la búsqueda del provecho propio es lo único que puede traer la prosperidad y el progreso a las sociedades humanas. Por eso cayeron los sistemas comunistas. El Estado no debía intervenir (interferir) la honrada y provechosa, laboriosa, búsqueda del beneficio privado, sin arruinar con ello al conjunto de la sociedad.

He aquí la verdad sacrosanta. Esta mañana he escuchado que cuando el gobierno de Francia se ha dado cuenta de la emergencia sanitaria que vivía y ha querido, como tantos otros, hacer acopio de material sanitario imprescindible para salvar vidas y evitar contagios entre el personal médico, ha constatado que decenas de miles de mascarillas, además de respiradores, ya habían sido exportadas, en el libre mercado mundial, a los Estados Unidos de América.

En cuanto a la oferta de estos materiales vitales ahora, ¿quién sería capaz de discutir sobre el menor coste de oportunidad que significa producirlos en países como China, y no en la vieja Europa, donde los costes de producción son mucho más elevados? Esperar otra cosa en esta lógica es incurrir en la ingenuidad o la contradicción.

Cuando salgamos de esta, el mercado (en los términos en que lo he definido), seguirá ahí, como el Dinosaurio de Monterroso; seguirá ahí no sólo para vendernos y comprarnos todo, bienes, trabajo y servicios, sino para vendernos su excelencia y su inevitabilidad. Al fin y al cabo, siempre ha habido mercaderes, compradores y vendedores, al menos desde el Neolítico. Es algo “natural”, “consubstancial a la sociedad humana”. Lo que ocurre ahora, nos dirán sus defensores a sueldo, es una desgracia y una catástrofe que no tiene nada que ver con la economía.

Ellos seguirán ahí, como el dinosaurio de Augusto Monterroso, esperando impacientemente nuestro olvido después de esta pesadilla: Nuestra inmemorial amnesia colectiva. Para empezar de nuevo. Hasta la próxima crisis.

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