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Cómo adiestrar a un policía y no morir en el intento

Por Fermín Caballero Bojart , 19 Diciembre, 2014
Ernesto (izda.) y Fernando (dcha.) coautores de "En línea de fuego" durante la presentación del libro en la Academia de Policía de Ávila.

Ernesto (izda.) y Fernando (dcha.) coautores de “En línea de fuego” durante la presentación del libro en la Academia de Policía de Ávila.

Escribir novela requiere documentarse fidedignamente. Sobre todo si van a salir  pistolas. Un disparo produce un proyectil sin control, pero no necesariamente una bala  perdida. Sin embargo un enfrentamiento armado, dependiendo del tipo de narrador, implica conocer muy bien qué le sucede en ese momento al autor del tiro. Más complicado aún resulta meterse en la mente de Harry el sucio o en un duelo al amanecer del lejano oeste. Solo imágenes como la de Clint Eastwood y su plancha de acero bajo el poncho pueden dar una ligera idea de lo difícil que resulta escribir un guión o una escena. En algún sitio leí que las películas policíacas españolas no triunfaban porque los actores españoles no sabían empuñar un arma. Imperdonable resulta que el novelista no sepa resolver un tiroteo de forma subjetiva. Sergio Leone puso exactamente el contrapunto a la falta de control, al letargo, al estrés, en definitiva al baile de la muerte que verdaderamente provoca un cruce de fuego real. Solo los agentes de policía que han superado una experiencia vital, y traumática, de estas características, son verdaderas fuentes de conocimiento que hay que escuchar.

Mi corazón palpitaba tratando de abarcar cada línea explicativa, técnica y clínicamente, de los hechos narrados por cada agente en acto de servicio: atracos, tiroteos y enfrentamientos hostiles desmenuzados con un lenguaje preciso y eficaz. Lo cual ayuda ha comprender con mucha más facilidad lo inverosímil de circunstancias insospechadas y mutadas a auténticas pesadillas profesionales que, perdón por el atrevimiento, a muchos funcionarios en activo de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad se les escaparían. Sumidos probablemente en un estado de descontrol emocional, fruto del shock, más propio de un extraño figurín añadido a la escena que de un auténtico agente español entrenado.

Ernesto Pérez Vera (instructor) y Fernando Pérez Pacho (psicólogo) dan en el centro de la diana con un ensayo divulgativo: En la línea de fuego. Título sugerente que la editorial Tecnos ha publicado la pasada primavera y con el que me he enfrentado para escribir este artículo. Ambos son coautores de En la línea de fuego. Subtitularon la obra La realidad de los enfrentamientos armados y presentarán el libro próximamente en Madrid.

Fernando, bilbaíno de vocación, psicólogo de nacimiento y viceversa. Treinta años de dedicación a la psicología clínica. Profesor colaborador de la UNED, formador de cuerpos policiales y docente en materia de capacitación para el desarrollo de habilidades personales y relacionales de comunicación y liderazgo en el entorno empresarial. Aborda temas de actualidad en su blog Psicología Social.

Ernesto, de estirpe militar, pasó del Ejército a la escolta privada y acabó su carrera activa como policía local de La Línea de la Concepción. Actualmente es instructor de tiro policial-defensivo, con innumerables clases, conferencias y publicaciones en su haber. La primera pregunta, llevaba pensándola desde que acudí, en busca de información técnica y fiable, a su blog Tiro defensivo Campo de Gibraltar.

1.¿Un policía nace o se hace?

Complicada respuesta la que tengo que darte, pero, como se suele decir, me alegra que me hagas esta pregunta. Mira, no tengo duda alguna de que, en mi caso, nací con algo que siempre me condujo y atrajo hacia esta profesión. Creo que lo sabe todo el que me conoce desde hace cuarenta años. Pero tengo que decirte que aunque existan policías vocacionales, como ha sido mi caso, estos no son los que tiran de carro para hacerlo circular. Suman, sí, y además puede que con gotas de calidad, pero quienes de verdad hacen que la maquinaria funcione y permanezca engrasada son los policías que conforman la mayoría. Con esto te digo que, desde mi punto de vista, la mayoría no somos vocacionales, y que se salve el que pueda. Verás, los mejores policías que conozco y con los que además he trabajado, no entraron en esto por vocación. Muchos llegaron por probar algo desconocido, aunque atractivo, por lo que además podrían percibir un sueldo de por vida. Insisto, si los vocacionales siempre dan el cien por cien, la realidad es que no son el motor, porque son pocos. El motor es la mayoría, que sin comprometerse siempre al máximo, sin embargo sí que da lo suficiente. Estos son los que mueven la rueda. Pero luego están los que yo llamo “cucharas”, los que ni pinchan ni cortan. Estos ni sienten ni padecen. No suman, pero probablemente tampoco resten: son el relleno. Finalmente está la sucia minoría (muy minoría) que resta por omisión de sus funciones, lo que no deja de ser un acto o una modalidad de corrupción. Esta respuesta es visible y palpablemente extrapolable a todas las fuerzas, pero no gusta decirlo. Negarlo u ocultarlo no ayuda a mejorar la situación, sino a mantener el sistema en el mismo equilibrio descrito.

Te hablo desde mi experiencia personal como policía e hijo, nieto, sobrino y cuñado de policías. Pero también te lo digo desde la amplia visión que me ha dado la instrucción de agentes de todas las fuerzas, incluso desde antes de que yo mismo obtuviese mi plaza de funcionario.

2.¿Cuál es el punto más importante en tus clases de instrucción?

Lo tengo claro, la neuro-psico-fisiología. Baso toda mi instrucción en aquello que la ciencia ha demostrado, en las últimas décadas, que sucede en el cuerpo y en la mente humana durante un a vida o muerte. Esto ya se empezó a estudiar, creo que con poco rigor científico, durante las guerras napoleónicas. Siempre digo que si conocemos cómo actuamos por dentro, mejor podremos responder por fuera. Saber que ciertas cosas son imposibles de ejecutarse, ante la percepción de un estímulo que a nuestro cerebro le hace creer que podemos morir, nos ayuda a programar ejercicios de entrenamiento que acondicionan mejor al policía.

La mentalización y concienciación son también pilares de mis enseñanzas. Los policías no pueden seguir creyéndose las malditas leyendas urbanas que se cuentan en los vestuarios, promoción tras promoción y generación tras generación. Eso de que nunca pasa nada, es falso. Únicamente lo podrá decir, me refiero al “aquí nunca pasa nada”, quien todavía no se haya visto ante la parca, lo que no quita que mañana se tope con ella, incluso cuando vaya a tomarse un café dentro del horario laboral. Nuestro peor enemigo somos nosotros mismos. Nos creemos lo fácil, porque tenemos miedo a lo desconocido. Damos por bueno cosas que no son ciertas, y nuevamente invoco aquello de sálvese quien pueda. ¿Por qué nos tragamos esas mentiras y no hablamos de asuntos tabúes? Muy fácil, porque muchos jefes e instructores son los primeros en aferrarse al engaño, aunque ciertamente muchas veces sin ellos mismos saberlo. Mira, la gente no sabe que no sabe, con esto lo resumo todo.

3.¿Cómo valoras la situación actual, en cuanto a adiestramiento, de los agentes que patrullan nuestras ciudades y pueblo?

Mala. La situación no es buena, pero no hoy o ayer, sino que nunca ha sido buena. Falta mucha instrucción, demasiada. El cambio pasa por la modificación de los programas de adiestramiento en las academias, amén de los de reciclaje o perfeccionamiento anual (hay cuerpos locales que carecen de planes de reciclaje). Pero para llegar ahí con la calidad y el compromiso que la situación merece, hay que desterrar los pensamientos arraigados en muchísimos instructores. Y ojo, de esto no escapa cuerpo alguno de este país nuestro. Sin embargo, si en un cuerpo sí se ha notado un cambio importante e incluso radical, menos mal que para bien, es en el municipal, en las fuerzas dependientes de las corporaciones locales. Pero son tantos cuerpos los que hay, que tampoco se puede generalizar. Existen dos fuerzas del Estado (el Cuerpo Nacional de Policía, el CNP, y la Guardia Civil), cuatro fuerzas autonómicas (en Canarias, Navarra, Cataluña y País Vasco) y sobre 1.700 fuerzas locales, en todo el territorio nacional; al margen de las unidades adscritas del CNP a cinco comunidades autónomas. Hay estamentos locales con miles o cientos de agentes, mientras que otros no llegan ni a la decena de funcionarios.

Parece mentira que cuerpos con exiguos recursos humanos, o sea, con un puñado de policías en plantilla, puedan estar entrenando con la que yo considero correcta mentalidad y filosofía; mientras que otros cuerpos, con miles de policías en nómina, sigan anclados en arcaicos métodos que sirven, únicamente, para hacer creer a los agentes que la realidad de la calle es como cuando compiten para ver quién pagará la cerveza, una vez finalizado el ejercicio de tiro. Insisto, hay que cambiar muchas cosas, pero hay que empezar por los propios instructores.

4.¿De las 22 experiencias tratadas en En la línea de fuego, cual fue la más complicada de trabajar?

Los casos que tuvieron muertos de por medio fueron los más sensibles y delicados. Tanto Fernando, coautor de En la línea de fuego, como yo fuimos muy suaves y sutiles con los policías que finiquitaron vidas. La mayoría lo pasó mal o muy mal, y algunos incluso extremadamente mal, emocionalmente hablando. Para estos veintidós capítulos llegamos a entrevistar incluso a más agentes que propiamente capítulos conforman la obra. Ten en cuenta, por ejemplo, que en el capítulo seis nos proporcionan sus pareceres y experiencias hasta tres funcionarios presentes en el suceso, los cuales vieron y sintieron cosas diferentes, por lo que también reaccionaron respondiendo de modo distinto los unos de los otros. En total son treinta los entrevistados para nutrir los veintidós sucesos. Entre estos hay agentes locales, regionales y estatales.

Contamos, incluso, con un agente privado, un escolta que recibió un disparo a bocajarro en la cabeza. Cada capítulo expone una situación diferente, con una clara moraleja. Todos son casos reales ocurridos en España en fechas recientes e incluso muy recientes, teniendo en cuanta que el libro se terminó de escribir a finales de 2013 y que se publicó pocos meses después (varios casos son de 2012).

IPA 2014 - Calafell-249

5. ¿Qué policía es el mejor entrenado?

No necesariamente el mejor entrenado es aquel que más tiros pega, pero sin embargo eso ayuda. El mejor adiestrado es, para mí, aquel que se ha creído que en cualquier momento puede tener que disparar contra otro ser humano. El mentalizado tiene un pie por delante del que no ha llegado a ese punto de concienciación. Si a eso le metemos un buen entrenamiento en manejo de armas, ya tendremos dado otro importante paso en dirección al éxito. Pero lo cierto es que cada vez creo más en el factor suerte, ese que determina el resultado de los acontecimientos. Ahora bien, esto no quiere decir que haya que dejar que sea la diosa Fortuna quien dirima. Pero sí que es cierto que cuanto más se entrena, menos factor suerte, de la buena, se necesita.

El estudio realizado para documentar En la línea de fuego nos ha demostrado algo que yo, sobradamente, ya sabía: quienes trabajaban con el arma preparada con un cartucho en la recámara, siempre respondieron antes y mejor que quienes no llevaban el arma presta para hacer fuego. Este asunto es, posiblemente, el que me salvó a mí la vida, amén de la suerte y de mis años de entrenamiento. Porque a ver, yo soy uno de los protagonistas de los veintidós capítulos. Sin embargo es tabú el asunto de trabajar a recámara alimentada, con los mecanismos de disparo en reposo. Muchos instructores de tiro ni se lo plantean, porque tienen miedo a lo desconocido: ellos mismos desconocen el verdadero funcionamiento de sus propias armas. Obviamente no todos, pero sí muchos. Sé lo que digo y también sé que muchos dirán todo lo contrario, pero cada cual habla de su experiencia y esta es la mía. Muchísima gente habla de esto careciendo de experiencia, porque confunde los años de antigüedad y la veteranía con la maestría y la pericia. Ojo: ningún cuerpo escapa a esta quema, el mío el primero.

Conozco a muchísimos instructores que no tienen ni arma. Gente que jamás entrenó para sí, en lustros. Eso sí, también los hay, gracias a Dios, que son todo lo contrario. Me vienen a la cabeza el nombre de varios de ellos, de distintos cuerpos, que hicieron el Curso de Instructor únicamente para no salir a trabajar a la calle. Es duro, lo sé, pero los hay y yo conozco a demasiados de este pelaje. Es normal que entre tanta gente haya de todo. Pero es triste saber de la existencia de policías muy comprometidos con la formación, a los que se les cierra el acceso al curso, en beneficio de terceros nada interesados en instruir sino en beneficiarse del cargo (podemos dar clases privadas remuneradas, algo muy goloso, que a veces hasta otorga prestigio).

6. ¿Dónde adquieren su experiencia atracadores y otros delincuentes armados?

Ellos no necesitan tener mucha experiencia en manejo de armas. No pasan por cursos, a no ser que hayan pertenecido a estamentos armados. Los malos no piensan en los daños colaterales, por eso son los malos. Ellos disparan en la dirección del contrario, un policía por ejemplo, y saturan la zona con proyectiles. Alguno dará seguro, porque esto es un caso matemático de probabilidades: si pegas quince tiros hacia alguien que está a unos cuantos metros de distancia, muy probablemente le metas alguno, aunque ni mires. Decir, también, que al malvado delincuente igualmente le afecta el estrés de supervivencia, tanto el bueno, el eutrés, como el malo, el distrés; el que mantiene los niveles de tensión y atención, y el que hace que no puedas apuntar, seas policía o seas atracador, porque solo quieres quitarte de en medio sin que te den un balazo. Porque eso es lo que prima en un acto sorpresivo, como por otra parte suelen darse los tiroteos en los que hay policías implicados: no quieres dar tanto al otro, como que el otro no te dé a ti.

En la vida real fallan tantos disparos los buenos como los malos. Si alguna vez unos fallan más o menos que los otros, es, normalmente, por pura cuestión de suerte. Estoy hablando de lo general, porque hay casos, como los de los capítulos ocho y doce, donde los agentes acertaron el cien por cien de sus tiros. Pero hay otros, como el siete y el nueve, en los que los protagonistas erraron todos o casi todos sus disparos, y son episodios en los que se produjeron varios cambios de cargadores. El policía se piensa las cosas antes de disparar e incluso antes de desenfundar; el delincuente no, él puede permitirse todo lo que se le antoje y le beneficie. La existencia del segundo es la razón de ser del primero.

7.¿Qué aconsejas a los civiles que se ven envueltos en un previsible escenario repentino de cruce de balas, como puede ser un asalto bancario a mano armada con rehenes?

A mis hermanos y demás personas queridas, siempre les he dicho que jamás realicen actos heroicos. Ante situaciones tensas o peligrosas, como la que me planteas, siempre ruego que se colabore con los malos; que no se les haga frente, que para eso está la Policía. Ante un tiroteo, lo más sensato es tirarse al suelo o colocarse detrás de algún parapeto que haga intuir que podría detener un impacto de bala. Es complicado dar más consejos, sin conocer un supuesto concreto con más datos, pero, básicamente, esto es lo que incluso yo haría, si careciera de medios defensivos eficaces en ese instante.

8. En la línea de fuego nace como fruto de…

La necesidad de contar lo que muchos soportamos durante nuestra vida profesional. Como ya referí anteriormente, yo mismo he sobrevivido a tiro limpio. Fue más fácil aquello, que lo que vino después en forma de desprecio, por parte de muchos compañeros, jefes, políticos y sindicalistas del propio cuerpo (si es que los sindicalistas no son, también, políticos con placa y porra). Nadie quería verle la cara a la muerte, como yo se la vi aquella noche, pero todos querían para sí lo que sospecharon que podría sobrevenirme, positivamente, en forma de reconocimientos profesionales. Por cierto, al final no recibí reconocimiento oficial alguno. Nada. Cero. Caca de la vaca.

Las bajas pasiones humanas florecen en estos casos, como casi todos los capítulos de la obra dejan al descubierto en algún momento. En mi caso, incluso desde otros cuerpos de policía trataron de sembrar dudas sobre lo que me pasó y sobre cómo lo solventé. No es nuevo, lo veo continuamente con otros funcionarios. Se miente o desinforma por vileza y revanchismo. Perdurando durante años la leyenda de que todo o algo se hizo mal, dado que los informes periciales, que son los que parten del bacalao, únicamente están al alcance de las partes implicadas, y no a la mano del público al que se ha desinformado. Esto abona malintencionadas sospechas, en aras de joder la reputación de quien cae mal, por la razón que sea. La envidia suele sobrevolar bajo, en estos casos de doble victimización.

El psicólogo Fernando Pérez y yo decidimos poner nuestras experiencias y conocimientos en una batidora, y fruto de esto, y de la inestimable confianza de un puñado de víctimas uniformadas, nació este libro del que tan orgullosos nos sentimos.

Hemos puesto una pica en Flandes. Nunca nadie había escrito de esto en España, de este modo. No en vano, Tecnos, la editorial más veterana del Grupo Anaya, nos fichó para publicar con ellos. Existen muchos libros de tiro y de armas, pero el nuestro no va de eso. En la línea de fuego es una obra literaria que está por encima de lo técnico. Es, diría yo, un ensayo con tres partes bien diferenciadas en cada capítulo. La primera parte es una exposición narrativa del hecho real acaecido. Aquí empleamos un estilo narrativo casi novelesco. Según gente lega en temas policiales, esta parte engancha y es apta para públicos nada versados en asuntos profesionales de los aquí tocados. Después, en dos partes más, ambos autores damos nuestra visión técnica del caso: yo como policía e instructor, aunque también como superviviente; y Fernando como expertísimo psicólogo clínico.

9.¿Cómo fue tu encuentro con la muerte?

Fue silencioso y solitario, pero a la vez muy estruendoso. Estaba yo solo frente al mundo, pero sin entender nada de lo que allí estaba aconteciendo. Fue rapidísimo, un visto y no visto. Fue una experiencia nueva y distinta a todas las por mí vividas. Fue un instante único y muy raro. Lo recuerdo como algo breve, pero interminable a la vez. Fue oscuro y muy violento. Realmente creo que no era consciente de lo que estaba pasándome. Quizá empecé a ser consistente de lo ocurrido cuando iba en la ambulancia, camino del hospital. Me acompañaba un policía veterano, cuya cara recuerdo totalmente desencajada y pálida. Creo que ahí fue cuando empecé a llorar, aunque lo cierto es que no sé si ya he dejado de hacerlo.

10.Un mensaje a jueces, fiscales y altos mandos de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad.

Les diría, por si lo han olvidado, que los policías son Homo sapiens, animales. Y que la naturaleza se impone siempre a todo, en todos los órdenes, principalmente en las situaciones a vida o muerte, se sea policía, legionario, cartero o mecánico de bicicletas. Si a un ser de nuestra especie nunca se le exigiría que volase o que saltara cinco metros sin coger carrerilla, y esto es algo que no admite discusión, ¿por qué a un policía se le pide que en décimas de segundo negocie, medite, desenfunde el arma si la negociación ha fallado, cargue, desactive seguros, apunte y dé en una mano o en un pie, cuando está en el peor de los momentos jamás imaginados? Todo esto es imposible de llevarse siempre a término, incluso cuando el policía no esté lesionado. Esto no lo digo yo, lo dicen profesionales de la talla de mi socio editorial y de la del doctor Carlos Belmonte Martínez, la mayor autoridad neurocientífica del país. Con avales de este calibre, los profesionales de la judicatura deberían ser más sensibles a la hora de valorar según qué cosas.

Cierto es que en la sala de vistas, el día de la celebración del juicio, podrían ser oídos y valorados los argumentos de profesionales de estos perfiles científico-profesionales, lo que sin duda, en según qué situaciones, inclinaría la balanza a favor de quien por naturaleza pudo errar involuntariamente en la ejecución de sus acciones. Pero antes de llegar a ese momento, los policías podrían pasar años de profundo dolor por la incertidumbre jurídica e incluso por no ser creídos y comprendidos, muchas veces, por sus propios compañeros de trabajo, algo que, lamentablemente, es muy habitual (insisto). Nos enseñan tan poco y tan mal a estos respectos, que somos nuestros peores enemigos, por hablar de lo que no sabemos, ante quienes queremos impresionar con verborrea barata e inconexa.

Pero la verdad es que la infinita mayoría de los funcionarios y particulares que se defienden a tiros, o con otros medios, suelen resultar judicialmente exonerados, siempre que hablemos de casos que precisaron del uso de la violencia, para salvaguardar la integridad física propia o la de terceras personas. Yo creo en la Justicia, viéndome obligado a comprender algunas condenas. Cuando veo que nos hacemos eco de resoluciones adversas, dándole todo el pábulo del mundo en las redes sociales y en los medios de comunicación, siempre me pregunto si los airados publicistas de la noticia se habrán leído la resolución y si conocen en profundidad el caso; o, si por el contrario, solo saben del suceso a través de las tertulias de radio y televisión, o incluso a través de los típicos chismorreos de las baratas barras de bar. Y resulta que no, que pocos estudian y analizan las sentencias y los datos en ellas dados a conocer.

Somos muy agoreros, algo propio de cobardes, pues resulta más sencillo decir que es mejor no defenderse ante la muerte, que admitir que no se está preparado, en ningún sentido, para hacerle frente a situación complicada alguna. Hay quien tiene más miedo a defenderse que a morirse, y esto no es valentía, precisamente

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