Clásicos, conceptos de los modernos |
Portada » Columnistas » Crítica paniaguada » Clásicos, conceptos de los modernos

Clásicos, conceptos de los modernos

Por Eduardo Zeind Palafox , 1 agosto, 2014

pag222

Los tiempos que corren son más perspectivistas que relativistas, cosa mala para la crítica literaria y para la gran literatura. Del relativista era elogiable su tesón, su acerada necedad, su opinión indocta con pátina de doctrina, pues intentaba discernir, aunque a capricho, qué era bello y qué feo, qué loable y qué no; el perspectivista, más que emitir juicios, se acomoda a lo que más convenga, y como Sancho ni pone ni quita, ni pierde ni gana. A tal imparcialidad la llamaremos “impostura”, y a ésta “falta de responsabilidad”. Al crítico, como obispo de las letras, se le pedirá una vida literaria irreprochable, responsable. 
 
Los críticos modernos, más audaces que veraces, repiten a cada paso que el arte no se hace con buenos sentimientos, aseveración funesta y ambigua, perspectivista, que pretende persuadir a los jóvenes de que cualquier inspirado es capaz de escribir como Virgilio o como Cervantes, lo cual no es así. ¡No cualquier gandul es Rubén Darío! 
 
Gadamer ha intentado en su obra máxima desentrañar los misterios de la exégesis estética, de interpretarlos y de enarbolar un como canon de censor. Gadamer sostiene, con sapiencia germánica aderezada de humanismo, muy a lo Menéndez Pelayo, que el hermeneuta, como el filólogo, deberá asimilar el espíritu de la letra antes de intentar desleír la letra, ya divina, eclesiástica o teológica, ya griega o latina, es decir, pagana y mitológica. Toda la artillería del alemán se endereza a demostrar que no es posible experimentar de manera directa un texto; o dicho en germanía, en palabras de villanos que gustan del lugar común, monumentos eternos, según el autor de los “Heterodoxos”, Gadamer asegura que sin saber los preceptos del mundo Sacro y profano, así como las sabidurías de los nunca bien celebrados Demóstenes, Cicerón, San Agustín y el pseudo Areopagita, nada sabremos de Aristóteles, de Platón, hombres que con sus filosofías determinaron más de veinte siglos de lectura. 
 
Al vulgacho de lectores le es permito leer al gusto, leer sólo para encontrar placer en los textos; al filólogo no… éste debe leer sin “anteojos de bruma”, como dice el poeta chileno Pezoa Véliz. El placer del intérprete profesional consiste en leer y sentir cómo la nariz, que le crece o se le achica según lea letras árabes, hebreas, alemanas o inglesas, le aleja o le acerca los “anteojos”. ¿No ha dicho Ortega y Gasset en sus “Meditaciones” que el germano, que vive entre brumas, tiene visión más clara que la del latino, aunque menos vivaz? ¡Ay, lector, no sabes cuánto me complazco comentando estas curiosidades! Sigo. 
 
Se sabe que en la Edad Media se creía que se podían pesar cuerpos infinitamente pequeños, casi imperceptibles; se creía, y la idea culminó con Descartes, según refiere nuestro filósofo Xavier Zubiri en su libro “Sobre la esencia”, que una cosa era la “res extensa” y otra la “res cogitans”. Sé que advenedizos de buen gusto y amor por el estudio leen mis textos, por lo que me explicaré: se creía que el “pensamiento” era algo, que se podía medir en una báscula. Tal creencia, estirada hasta ser doctrina filosófica, se hizo para redargüir a los incrédulos que negaban la existencia del alma; tal pensamiento, aclaremos, estaba ligado íntimamente a la cultura de la Antigüedad, platónica y aristotélica. 
 
Las palabras debían pesarse, no medirse, decían los teólogos estetas. Una palabra divina valía mucho más que una humana; una palabra poética valía más que una prosaica. No hay versificación libresca para el poeta que se empeña en ejecutar bien su oficio, creía Old Ez. ¡Hogaño todo es distinto! ¡El baladrar o el mugir de los Bolaño, de los panfletistas de “Letras Libres” y de “Babelia” se aprueba más que las letras de nuestros clásicos castellanos, casi todos retóricos y humanistas!   

¿Pero cómo se pesaban las palabras? Con la báscula de la filología. Se prohibía leer la Biblia a solas, alegóricamente, sin dirección doctrinal, sin consejo de sabios; se prohibía, además, imprimir traducciones de la Biblia en lenguas romance. ¿Por qué? Porque la lectura solitaria y la traducción siempre provocan interpretaciones líricas, digamos individuales, empapadas de “brumas” culturales y psicológicas. Tal quehacer, que era “herejía” y causaba “anatema”, dos palabras harto relevantes en todos los concilios, representaba para los teólogos desdén por la tradición, por Platón, por Aristóteles, por San Agustín, por todos los Padres de la Iglesia, desdén que no convenía al orden político. 
 
Pero tan populares tópicos no serán escrutados por mí. Hablemos de lo que importa aunque ya nos apriete el espacio. ¡Los críticos modernos son herejes y merecen ser anatematizados! ¿Qué sistema estético podrá demostrar un crítico que nada sabe de los ancianos escritores, de Ovidio, de Virgilio, de Homero? ¿Qué clase de lengua inglesa enseñará quien no frecuenta la “Biblia del Rey Jacobo” o quien ve en Shakespeare un monumento y no un “hombre”? La especialización, remediavagos, hace pensar a los nuevos escritores que alcanza y hasta sobra el leer autores modernos y conocer cuáles han sido los “ismos” de moda que más se repiten en los manuales de historiografía literaria. 
 
La alta literatura, sobre todo la que leían los judíos del centro de Europa a finales del siglo XIX e inicios del XX, se ha desarrollado parejamente a nuestra historia política, y hasta la ha tocado y trastocado. Dante dio color a las blanquinegras palabras del Cristianismo; Shakespeare, más al norte, desacongojó la cara del luterano; y Cervantes, en nuestra España, satirizó la palabrería y encomió la acción, acción que hizo posible la conquista de América. 
 
Ameno y provechoso es leer, por ejemplo, a Taine, a Winckelmann, a Menéndez y Pelayo, críticos de recia formación clásica que al desmenuzar un soneto, una novela o una saga, contraponían pasado y presente, a Safo de Lesbos y a Sor Juana,  a Virgilio y a Zolá, como mi Leopoldo Alas, mi dilecto Leopoldo Alas, toda una escuela literaria. ¿Qué es para el crítico un autor clásico? Un concepto, método, silogismo, arte muerto, diría Ortega y Gasset. ¿Qué el moderno? Una intuición, espontaneidad, arte puro. A Kant, señores. Hay que estudiar a Kant, que dispensó finas herramientas para desarmar el arquitrabe del arte sin derrumbarlo. 
 
Nuestros saberes, dice Kant, se originan en la intuición y en el concepto, que pueden ser puros, no nacidos de la experiencia, e impuros, nacidos de ésta. ¿Leer a Virgilio provoca una sensación? Sí, mas una impura. Sólo es posible leer a Virgilio, y entenderlo, claro, si contamos con las noticias históricas suficientes y sobre todo con los “espíritus virgilianos”, con las “sortes virgilianae”. ¡Muy poco gozará el lector de Virgilio no proclive al paganismo y al politeísmo! Los humanistas de la alcurnia de Rotterdam o de Vives, de Garcilaso de la Vega o de Petrarca, bien pueden ser religiosos honestos y ver y oír las bellezas del mundo antiguo sin afectar su fe. El crítico de valía, nótese, tiene postura, acata lo que leemos en “Mateo”, cap. 5, versículo 37: “Pero sea vuestro hablar: Sí, sí; no, no; porque lo que es más de esto, de mal procede”. 
 
Los críticos modernos, secuaces de Wilde más por esnobismo que por doctrina sincera, no dicen ni sí ni no, pues quieren hacer del arte acontecimiento desligado de la religión y hasta del paganismo, y todo por amor a la paradoja, al perspectivismo. Los tales son como Sancho, que en el capítulo V de la parte segunda del “Quijote” explica a su rolliza esposa que “todas las cosas presentes que los ojos están mirando se presentan, están y asisten en nuestra memoria mucho mejor y con más vehemencia que las cosas pasadas”, proposición falsaria e inicua para el aprendizaje de los barbilucios escritores. 
 
Teresa Panza, prudente enemiga de “entonos”, quiere que su hija case con hombre de su ralea para ser feliz, para entender y ser entendida; Sancho, oportunista y costal de antojos, afirma que poco importa fingir los dones con atuendos prestados e inmerecidos. ¿No son los críticos modernos como Sancho, que quieren alzarse hasta el Parnaso sin saber lo necesario? Toda crítica es una “minuciosa circunstancialización”, a decir de Julián Marías, gran glosador de la obra de Azorín. 
 
¡Oh, qué placer da leer a los clásicos, saber que ellos lo han dicho todo y ver cómo los modernos sólo repiten lo que otros han escrito con más decoro y verdad! Criticar la literatura moderna sin averiguar qué han hecho los antiguos es jactancia de gente nueva en el mundo, es creer que nada se ha heredado, perspectivismo miope; o dicho en palabras cristianas, es la herejía del que ignora que por Cristo Jesús vivimos en la gracia. 
 

Profesor Edvard Zeind Palafox  
http://donpalafox.blogspot.mx/
 

 

 

Deje un comentario