Cine y Boxeo: un viaje hacia la oscuridad |
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Cine y Boxeo: un viaje hacia la oscuridad

Por Emilio Calle , 28 Abril, 2014

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Hace algunos días, Rosario Naranjo, colaboradora de El Cotidiano, recogía la noticia de la muerte del boxeador Rubin “Huracán” Carter, un peso medio que en 1966 fue detenido, sin otro motivo más que el de ser negro, como sospechoso de un triple asesinato de blancos. Tras un juicio absolutamente carcomido por turbias irregularidades, terminó siendo condenado a tres cadenas perpetuas. 20 años después, en parte gracias al apoyo del mundo de la cultura que tanta atención prestó al caso, recuperó su libertad, con una sentencia que dejaba claro que su encarcelamiento se había debido únicamente a motivos racistas y represores. Pero ya no era posible que retomara una carrera que bien pudo ser memorable, y que ya le había permitido una vez disputar el título de campeón del mundo. Cuando en 1999 Norman Jewison se decidió por llevar al cine la autobiografía del púgil, tomó la decisión de pasar de puntillas sobre los infiernos por los que tuvo que atravesar Carter (que ya conocía la cárcel antes de que le llegara esa condena), y centrarse en el aspecto más sentimental, o humano si se prefiere, de la historia. Algo que dejó de lado en parte la verdadera identidad del género del boxeo en el cine, que tantas conexiones guarda con el cine negro, y que en su misma base es un ejercicio de denuncia que nos obliga a mirar hacia las zonas más ocultas y desquiciadas de la sociedad, a los vertederos de la miseria y la marginalidad, y así permitirnos recorrer los subterráneos de nuestro sistema. Porque no existe género cinematográfico cuyos lazos con la realidad sean tan vitales, y cualquier película sobre boxeo que no esté basado o inspirada en acontecimientos reales no adquiere la profundidad mítica de esa figura que por pelear hasta tiene que pelear contra su sombra. Como si nadie pudiera inventar una historia original sin conocer o haber vivido los entresijos de esos dramas. Los hermanos Coen, en esa pieza de precisión que era “Barton Fink” (Joel Coen, 1991), narraban el periplo de un afamado autor teatral especializado en dramas sociales que tenían fama de retratar con precisión la realidad de la “gente común”, es contratado en Hollywood para escribir un guión sin pretensión alguna más allá de narrar la vida de un luchador, empeño imposible que le lleva a sufrir un bloqueo de tan encaladura que quedará atrapado en las peores mazmorras de esa realidad, cuyas claves creía poseer. Que sea precisamente el género pugilístico el que anule no es una elección nada gratuita por parte de los Coen, que nunca dejan caer en sus obras nada que no haya sido muy meditado.

Pero es que lo que ocurre tanto fuera como dentro de un ring, ejerce una fascinación de índole muy compleja en la mayoría de todos nosotros. Y es que de algún modo, todos podemos identificarnos con esa figura que sobre un cuadrilátero busca ganarse un respeto que jamás podrá ganarse en la vida.

Incluso aunque no se cite expresamente su procedencia, muchos títulos que se fingen originales están basados en historias reales. El caso más famoso y flagrante es el de “Rocky” (John G. Avildsen, 1976), cuyo guión fue escrito por Sylvester Stallone, quien se guardó la honestidad a la hora de aclarar la procedencia de la historia en los créditos del film. Pero no pudo escapar de su miserable suplantación, las denuncias saltaban por doquier, y al final se vio obligado a reconocer que su trabajo estaba algo más que inspirado la historia de Chuck Wepner, un boxeador de 36 años nacido en New Jersey, que se ganaba la vida luchando en garitos de poca monta, y al que eligieron para que peleara con Muhamad Ali en lo que debía ser un combate sin mayor trascendencia, y que, sin embargo, contra todo pronóstico, derivó en una pelea histórica. Porque Wepner siguió en pie asalto tras asalto, y al llegar el último, lanzó un golpe que terminó con Ali en la lona, un imposible que solo había conseguido el mítico Joe Frazier. Aún hoy sigue la polémica sobre si realmente lo derribó, o si el campeón, como él mismo sostenía, tan sólo se había resbalado. Sea cual sea la respuesta a esa cuestión, el resultado fue que Ali se puso en pie de inmediato, y noqueó sin piedad con un vendaval de golpes muy duros a Wepner pocos segundos antes de que terminase el combate (un detalle que Stallone prefirió omitir en su revisión). Pero Wepner salió del ring con la aureola de haber aguantado al campeón hasta el último asalto, y hasta de haberlo puesto en aprietos. En 2003, viendo que Stallone se enriquecía a costa de lo que era su vida, interpuso una demanda al actor y director por 15 millones de dólares acusándole de no haber recibido regalía alguna de lo generado en taquilla la película por Rocky y sus interminables secuelas.

Por fortuna, la justicia le dio la razón al ex púgil.

Como no es menos fácil adivinar que “Rocky III” (Sylvester Stallone, 1982) estaba calcando el legendario y tan estudiado combate entre Muhammad Ali y George Foreman en África, y donde Ali, al igual que el personaje de Stallone en la épica batalla final de la película, hizo algo que todo el mundo consideró una locura: se dejó golpear por uno de los hombres más poderosos y fuertes de la historia del boxeo (Norman Mailer contaba, anonadado, que Foreman agujereaba con sus puños los sacos de arena con los que entrenaba). Aguantó la paliza. Es más, la propició, hizo que fuera mucho más severa, provocando a Foreman con insultos y continuos desafíos verbales. Y el gigante trató de aplastarle. Sin embargo, lo que parecía un absurdo comportamiento que terminaría en un K.O. seguro, se trasformó justo en lo contrario. Justo antes de empezar el combate, Ali había decidido a cambiar de estrategia, ajustándose una guerra psicológica en la que partía como claro perdedor. Resistiría el castigo, fuese cual fuese, hasta que Goliat quedase agotado de tanto lanzar golpes. Y eso ocurrió. Foreman terminó tan cansado, con sus brazos tan descoordinados ya, que ni siquiera vio venir el preciso ataque de Ali que lo dejó fuera de combate.

Quizás sea precisamente la figura de Muhammad Ali la que haya concitado más interés, entre expertos y profanos. Su biografía siempre había sido acechada por grandes proyectos que luego derivaron en pésimas películas para consumo televisivo, pero también en un Oscar para “When We Were Kings: cuando éramos reyes” (brillante trabajo sobre ese combate ya comentado entre Foreman y Ali, y considerado como uno de los mejores documentales de la historia del cine). Sin embargo, en 2001, Michael Mann se atrevió a profundizar en un personaje tan radical en todo en “Ali”, no tanto buscando una biografía total como un estudio casi sociológico del período que comprenden los años que van desde que le es arrebatado el título de campeón (hasta ese momento ostentaba un récord de 29 victorias y ni una sola derrota) no en un ring, si no en los sucios apartaderos de un sistema que no le perdonó su negativa de alistarse para combatir en Vietnam, hasta esa pelea en Kinsasa contra George Foreman, con la que Ali, que había convertido el evento en un auténtico vendaval político a nivel internacional sin precedentes, lograba dejar atrás el foso al que al menor descuido son arrojados los boxeadores, a los no sólo les roban los combates, sino también sus vidas. Porque a veces incluso cuando ganan, pierden. Por desgracia, tan apreciable trabajo se vio parcialmente desfigurado por el empeño de Will Smith de demostrar que él es un gran actor (como si interpretar comedias fuera tan sencillo como darle de comer pan a las palomas), el personaje le venía grande y no hubo forma de ajustarlo a su medida.

Justo lo contrario de lo que le ocurrió a Robert de Niro, que halló en un boxeador el motor para erigir uno de sus trabajos más fascinantes como actor. Es en “Toro Salvaje” (Martin Scorsese, 1981), donde explotaron todas las conjunciones del género: imprescindibles apuntes de cine negro, estudio social, radiografía sin retoques del alma humana cuando más herida se halla. Con esta biografía de Jake la Motta, el director neoyorquino logró mostrar en carne viva el desolador periplo de un hombre que, sin dejar de batallar ni un momento en toda su vida, encuentra la senda de su perdición justo cuando alcanza la gloria de convertirse en el número uno. Violento, asocial, mujeriego, incapaz de asimilar la farsa que le rodea y que le consume, terminará, obseso y desquiciado, actuando como cómico en clubes nocturnos de categoría cuando menos dudosa, reforzando su sempiterno papel de haber nacido para servir únicamente como carnaza para el divertimento de otros. Un títere más. Hoy en día este amargo confesionario está considerada la mejor película jamás rodada sobre el mundo del deporte, y no hay lista de obras maestras que no la incluya entre las cinco primeras.

En 2004, Clint Eastwood (en una apasionante racha creativa, pues venía de rodar “Mystic River”, y después de su paso por el cuadrilátero, se entregaría a su díptico sobre la Segunda Guerra Mundial), añade otro ajuste de cuentas trascendental en “Million Dollar Baby”, donde, basándose en los cuentos escritos por F.X. O’Toole (ex entrenador de boxeo y también antiguo experto en ocuparse de coagular la sangre que se derrama y cortar los desgarrones en la carne de su púgil durante los combates), se explayaba sin piedad en mostrar todos esos oscuros recovecos de una ciudad, de su miseria, de la exclusión, de la gente que roba lo que otros dejan en sus platos, y ya, en un verdadero alarde de osadía, refrendar su atrevimiento con un alegato en favor de la eutanasia.

Cuesta saber de dónde surge nuestra empatía con un universo que no conocemos, pero en el que habitamos sin ser conscientes de ellos. Quizás todo sea tan sencillo como que cualquiera comparte el mismo empeño que el citado F. X O’Toole utiliza para describir a los boxeadores: gente que no hace otra cosa que no sea perseguir un sueño que nadie más que ellos pueden ver.

Es un género necesario en el cine, un arma de denuncia, una pelea en la que sólo participan los perdedores. Igual que el cine negro (y hasta en ese preciso diccionario que Quentin Tarantino dedicó al género negro llamado “Pulp Fiction”, un boxeador, un tongo, y un combate doblemente amañado, cobran un inesperado y sangriento protagonismo). Y hacerse eco (ya sea en la gran pantalla o en las páginas de esta revista) de la muerte de alguien con una vida tan minada de tristeza e impotencia como la de “Huracán” Carter es clave fundamental para ahuyentar el olvido. Frente al silencio institucional (cuántos años han pasado desde que el boxeo quedara fuera de la programación televisiva), el cine y el boxeo, cuando se juntan sabiamente, nos advierten de las causas y las consecuencias de “vivir en una sociedad donde la justicia es un juego”.

Al menos eso escribió Bob Dylan sobre “Huracán” Carter.

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