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Chicoteman: el héroe de la cocina

Por Jordi Junca , 14 abril, 2014

Reconozco que en ocasiones veo realities y admito que empiezan a darme miedo. Veo fantasmas del pasado entre los debates y la cocina moderna, veo hombres antiguos entre las palmeras de una isla desierta y las casas de adobe de África. Veo que los realities recogen el testigo de años y años de epopeyas y leyendas. Veo a Alberto Chicote como una suerte de héroe griego, un ser único y dispuesto a enfrentarse a una misión imposible.

En efecto, el programa Pesadilla en la cocina empieza como una tragedia donde una ciudad-restaurante  se encuentra sumida en una (aparentemente) desgracia irresoluble, y parece que su suerte ya solo depende de la voluntad del Olimpo. Entonces aparece el elegido entre los hombres para llevar a cabo la tarea, un ser suficiente, seguro de si mismo y experto en la batalla. Lo demás es un argumento previsible (y de hecho esa es la idea); superhombre se enfrenta a villano y supera las adversidades y al final todo felicidad. Una estructura propia de una tragicomedia, donde las cosas se ponen feas y sin embargo acaban bien.

A pesar de todo, no me convence la idea de un Chicote-Hércules, tal vez eso sean palabras mayores. Me convence más la figura de un Chicote-Superman. Se trata sobre todo de un superhéroe de los de cómic, una figura tan antigua como los griegos pero adaptada a nuestros tiempos. Un ser dotado con el poder de estar siempre en lo cierto. Un ser superior al resto de los mortales y con poderes sobrenaturales. En resumen, hablamos del Prometeo de la cocina que descubre y revela los grandes secretos culinarios.

Recuerdo, por ejemplo, un episodio en que la cosa iba de una mujer que regentaba un restaurante junto a su marido y su madre. A la madre la había apartado del negocio, al marido lo tenía totalmente dominado bajo el yugo de un carácter abominable y ególatra. Digamos que la mujer se había hecho con el control del restaurante-mundo, y la madre (representando a los ciudadanos) había llamado a Chicoteman para que acudiera al rescate. Chicoteman contra el villano (o villana en este caso) o el bien contra el mal. Maniqueísmo clásico, a fin de cuentas. El Ying y el Yang. Después, como no, todo terminará con la también clásica victoria del bien y todos querrán a Chicote por su astucia y su valor. Por su parte, la mala de la película quedará en entredicho, aprendiendo (tal vez demasiado tarde) que la humildad es, si no necesaria, por lo menos útil. Y así capítulo tras capítulo y programa tras programa y cómic tras cómic. A su favor, hay que admitirlo, se podría decir que el programa parece querer alejarse de esta tendencia, y lo cierto es que en los últimos episodios no todo termina tan felizmente. En ocasiones, el héroe reconoce que el trabajo ha quedado a medias o que, simplemente, a aquel restaurante en cuestión no hay por dónde cogerlo. De nuevo, a su favor, no es fácil salvar el mundo (o mundo-restaurante) en apenas una semana y es comprensible que no siempre lo consiga. A decir verdad, ese rasgo novedoso aporta realismo al programa y, además, invita al espectador a confiar ciegamente en la veracidad de la historia.

En resumidas cuentas, en la foto que acompaña este artículo aparece un hombre preparado para la acción, rápidamente identificable por el atuendo y armado con sus utensilios habituales y también reconocibles. Irrumpe en la escena un hombre resuelto, satisfecho con la fama y consciente de la notoriedad adquirida. La vestimenta (o el atuendo identificable) podría parecer una nimiedad, si bien es cierto que, cuando se trata de superhéroes, una vida sin traje no tiene sentido. Una buena vestimenta es la diferencia entre Batman y Robin y Mortadelo y Filemón. La vestimenta es, en efecto, tan importante como el propio rostro del personaje.

Pensadlo por un momento. Cuántas veces habremos visto a niños y no tan niños disfrazados de Spiderman. Cuántos Supermans de bíceps de espuma habremos saludado en los carnavales. Cuántos Batmans. Los niños sueñan que adquieren algo de poder escondidos tras una capa, como si por si sola ya tuviera algo de superhéroe; siguiendo esta lógica, Berto Romero se convierte en cierto modo en Chicote por el simple hecho de enfundarse su Agatha Ruiz de la Prada en el programa En el Aire. Sea como fuere, no me cabe la menor duda de que queda poco para que broten Chicotes por entre las calles de España; quizás, quién sabe, ya se han dejado ver mientras se escriben estas líneas.

En la foto, en definitiva y si se me permite esa licencia, aparece un superhéroe que dice ser un cocinero. Tal vez ocurra lo contrario y en realidad se trate de un cocinero que cree ser un superhéroe. En cualquier caso, cuidado con los realities; consumidos en grandes dosis, pueden ser alucinógenos.

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