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Camille Claudel y Auguste Rodin en L’Islette

Por José Luis Muñoz , 20 agosto, 2015

IMG_2862Me gustan los castillos familiares, aquellos que los propios dueños son los que abren las puertas de las mansiones y los enseñan a tipos palurdos como yo. Me gusta ver de cerca, en primer plano, a la clase dominante, a aquellos que, mayoritariamente, sin ningún esfuerzo, se lo han encontrado todo hecho y no tienen más que administrar con inteligencia sus bienes. Quien enseña su castillo a la plebe, o a las portadas de papel couché de las revistas, es un tipo inteligente: cobra la entrada a alguien que nunca va a conseguir su fortuna, ni va a vivir con el lujo que ha disfrutado desde su cuna, por vivir entre algodones, y añade el precio de la entrada a su castillo espectáculo a su portentoso patrimonio. Además, esa clase de gente suele ser locuaz, simpática, sumamente educada, desciende a hablar con sus huéspedes por un día, les depara sonrisas glamurosas y les da las gracias por haber envidiado durante una hora esa forma de vida de la que el que se va del castillo nunca podrá disfrutar.

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El Chateau de L’Islette no es de los más espectaculares, pero lo tengo en mi lista por una razón personal: entre sus muros se amaron, antes de destrozarse, esa pareja tormentosa formada por Camille Claudel y Auguste Rodin. Finalmente, el gigantesco genio quebró la cabeza de la enamoradiza Camille, tras destrozarle el corazón, en uno de los casos más sonados de maltrato psicológico que se conocen. Pero el Chateau de L’Islette me pone todas las trabas posibles para localizarlo: no figura en el GPS, ni en los mapas, y tampoco aparece señalizado en las carreteras. Sólo sé de él, para localizarlo, que está muy próximo a Azay Le Rideau, pero paso, y salgo una y otra vez, de la población sin dar con él hasta que pregunto a un lugareño que me indica amablemente las coordenadas. Coja la carretera a Langeais. La tomo, y, a ocho kilómetros de la población, aparece el castillo por sorpresa, a pocos metros de la carretera, tan súbitamente que a punto estoy de rebasar el parking y pasar de largo.

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Pierre-Andre y Bénédicte Michaud son los glamurosos propietarios del castillo. Ella es rubia, de buen ver, y la descubro cortando las rosas de su jardín, embutida en un traje de lunares. Pierre-André, alto, pelo gris y porte aristocrático, le ayuda en sus actividades de jardinera. Un tipo fornido y joven también anda cortando hierba a poca distancia de la pareja, que me saluda amablemente y me desea una buena visita y que disfrute de su posesión por una hora. Dos hijas pequeñas, y rubias como la madre, venden galletas a pie del castillo para completar el negocio familiar. En una tienda, situada en una vieja casa devorada por la yedra, el antiguo molino, y junto al río que convierte el dominio en una isla, la islita, el visitante puede encontrar postales de las obras de Auguste Rodin, libros de Camille Claudel, la película que interpretaran Isabel Adjani y Gerard Depardieu, aparte de bebidas o botes con los que navegar por las aguas verdosas del canal.

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La visita es guiada. Así es que hay que esperar hasta que toque una campana a las cinco de la tarde. Pero Pierre-André y Bénédicte Michaud, hay que reconocerlo, son muy amables porque han dispuesto a lo largo del canal del río Indre, en donde nadan patos y cisnes, bancos de madera y cómodas tumbonas para que los visitantes se relajen bajo la sombra de los enormes árboles de su jardín o se pierdan, paseando, por los bosques de su propiedad, o se echen, sin más, sobre la hierba, a echar un sueñecito. Y del sueño me expulsa el campanillazo a las cinco, así es que me levanto, me restriego los ojos, doy un bostezo y cruzo el río Ingre por un rústico puente de madera sobre dos pilones.

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Hacia 1890 los dos escultores de vida tormentosa y enorme talento creativo se dieron cita en este lugar tranquilo y romántico, lejos del bullicioso París. En ese entorno bucólico, los martillos de los dos genios enamorados batieron la piedra y el mármol al unísono creando algunas de sus obras. Aquí no hubo drama, sino amor. Aquí Camille Claudel, antes de que fuera anulada por la avasalladora personalidad de su amante, esculpió una obra delicada, La Petite Châtelaine, tomando como modelo a Marguerite Boyer, nieta de los propietarios.

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El castillo tiene, en su extremo, dos gruesos torreones de defensa, con cubierta cónica. La entrada, con su porche y los dos pabellones laterales, data del siglo XVII, pero se conserva alguna parte primitiva que data de 1295, cuando el amo era Jean Pannetier, Bayle de Touraine, y el castillo tenía foso de defensa con agua y puente levadizo. La piedra del castillo, blanca, es una toba blanda pero resistente al paso de los siglos: cinco. La estructura de la fortaleza renacentista es muy similar a la vecina de Azay-Le-Rideau: ambas fueron construidas por el mismo grupo de obreros. Las ventanas rectangulares de la parte central, entre los torreones, lucen finos parteluces de cruz y exteriormente las plantas están divididas por una doble moldura.

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El escudo de armas del castillo, al lado de un viejo reloj de sol, y volando sobre la entrada trasera, no es muy distinguido: dos angelotes que llevan un yelmo suspendido sobre un blasón. La sala de guardia antigua fue transformada en orangerie, comedor de verano, en la época en la que Camille Claudel y Auguste Rodin coincidieron en el castillo. Ahora el local lo ocupa un museo en que hay algunas cartas manuscritas de Camille, muy respetuosas, a su amante; bocetos de la escultura a Balzac que se gestó en el lugar y fotografías de algunas obras emblemáticas de Auguste Rodin. Para esculpir a Balzac, los dos artistas buscaron a un lugareño con asombroso parecido al escritor, el conductor de diligencias Estager, al que, a cambio de un Luis de oro diario, obligaron a permanecer desnudo mientras los artistas esculpían su cuerpo barrigudo y su rostro.

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La Gran Sala es el cuarto estrella del castillo. Revestido de tela rosa sus paredes, y terrazo brillante el suelo, como toda la vivienda, lo preside una Virgen con niño y, a sus lados, junto a los enormes ventanales cubiertos por cortinajes por donde entra la luz, cómodas, espejos, centros de flores y un sinfín de retratos de la feliz familia, unos años más jóven, disfrutando de los placeres del esquí en alguna estación alpina, paseando por la propiedad cubierta por una fina capa de nieve, siempre sonrientes y felices. Sobre la inmensa alfombra central, sillones de lectura, mesillas con libros y más flores. En el friso, medallones con las imágenes de Venus y Cupido.

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Los dormitorios son espaciosos y luminosos, con las paredes cubiertas de tela, camas grandes (ignoro si los señores, como hacían los antepasados, duermen juntos o bien lo hacen en camas separadas) y modernos cuartos de baño integrados. Duermen juntos: hay dos juegos de almohada y dos butacones, junto a la ventana y el radiador, por si les apetece leer a la luz natural del día. Hay un dormitorio, más solemne, con baldaquino sobre cuatro columnas salomónicas de madera, seguramente para huéspedes ilustres.

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El despacho está en un pasillo, como de paso, y sin gran importancia. Una mesa, junto a una ventana, y un puñado de libros, no excesivos, en unos estantes que cubren las paredes.

En la sala de caza, adornada con cabezas de ciervos y otros astados, con una gran chimenea y paredes desnudas, hay una gran mesa de madera, muy austera, que sirve para las comidas, y algunos butacones para que los cazadores compartan sus emociones tras una sesión cinegética. El austero comedor tiene tres ventanales por donde entra la luz y una chimenea de troncos para caldear el ambiente en invierno. Imagino a la rubia familia comiendo ciervo que debe cazar Pierre-André, aunque no he visto escopetas por la casa.

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Un estrecho pasadizo comunica esta sala con la cocina con vistas al río, de la que se ha conservado, como adorno, el antiguo fogón y una enorme nevera, seguramente todavía útil, y se ha modernizado su uso con una isla con una gran vitrocerámica. En las paredes, superpuestas, fotos y más fotos de la feliz familia, sus hijos y familiares próximos, luciendo el glamuroso bronceado de los que saben sacar jugo de su regalada vida. Y crucifijos. Y salas para orar. Porque hay que dar las gracias a alguien por haber nacido entre algodones y con semejante fortuna, o quizá me equivoque de lleno y los Michaud sean trabajadores que han dado el callo hasta la extenuación, industriales que han mimado a sus obreros.

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Hay un detalle que hace que mis simpatías por la familia crezcan: no veo criados por ninguna parte, ni camareras, ni más jardineros que ellos mismos, por lo que deduzco que la familia se encarga de los quehaceres hogareños, de desenterrar las coles del jardín; retorcer el cuello a esas enormes gallinas negras que sueltan a última hora de la tarde; degollar a ese pequeño rebaño de cinco ovejas marrones que pace junto a un par de burros; desnucar a los conejos enormes, que apenas tienen espacio para moverse en sus jaulas, antes de ir a la cazuela. Pero no me imagino ni a Pierre André ni a Bénédicte en esas labores rudas y sangrientas. Quizá, cuando abandone el último visitante, entre un ejército de sirvientes para hacerse cargo de esos desagradables quehaceres.

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Cuando salgo de la breve visita, Pierre-André y su encantadora esposa Bénédicte Michaud ya no cortan rosas sino que bogan en un bote por las aguas verdosas, y con algún que otro nenúfar, del Indre que han aprisionado en su posesión. Él rema y ella hunde sus manos en el agua en un intento, imposible, de limpiar las aguas, de las que arranca algunos hierbajos que sobresalen del agua. Cuando pasan ambos por delante de la tumbona que ocupo, tras la visita, en la que me relajo, leo y contemplo ese paisaje de otra época, con un río punteado por la nostalgia del sauce llorón en su orilla, me sonríen y agitan las manos. Son endemoniadamente felices, me digo, los visitantes son su maná diario y dan gracias cada día, a alguno de los crucifijos, de su fortuna.

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También fue feliz, por tres años, antes de que se consumiera en un manicomio, la refinada Camille Claudel. En una carta privada, que se reproduce en la sala dedicada a los dos artistas, la escultora, que asegura dormir cada noche desnuda esperando a su amante entre las sábanas y despierta con tristeza al no hallar su cuerpo a su lado, le ruega que no le vuelva a engañar. Auguste Rodin la engañó hasta la locura.

 

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