Cambios de hora |
Portada » Columnistas » A falta de sol » Cambios de hora

Cambios de hora

Por Oscar M. Prieto , 3 Noviembre, 2015

Me pregunto si los gorriones se han dado cuenta del cambio de hora. Los veo en las ramas del abedul, con esa ligereza suya, que a uno le entran ganas de hacerse diminuto, de que le salgan alas, para poder saltar sin quebrar rama alguna, tan sólo cimbrearlas. Pican con sus pequeños picos las hojas secas de los abedules y tengo la intuición de que permanecen completamente ajenos a que la pasada noche, por decisión de la autoridad, se retrasaron los relojes y a las tres fueron las dos. Pobrecitos ignorantes. Se seguirán despertando a la misma hora, ignorando que deberían despertar una hora más tarde.

Es domingo y el cielo está nublado, pero la temperatura es agradable. Ideal para el paseo. Voy caminando al río, atravesando la vega de mi pueblo, Benavides. Me pregunto si la tierra, el lúpulo pelado, el maíz cosechado, el trigo ya sembrado, la tierra, arada de nuevo, es consciente de que hoy es domingo.

El camino se adentra en la arboleda, serpentea por la orilla del río hasta la pasarela que cruza a Villamor. Al entrar, le sale a uno natural el gesto de descubrirse, por respeto, como se quita el sombrero o la boina para entrar en el templo. Es el mismo silencio, la misma arquitectura abovedada, las hileras de chopos formadas como naves, y hacia el final,  las puntas que se inclinan, se acercan en arco apuntado, ojival. El suelo alfombrado de dorados, como se alfombra con pétalos de rosas el paso del Santísimo. La luz espectral, adecuada al misterio, sin los vitrales de las grandes catedrales, se bastan las hojas solas -que se desprenden, dando una lección moral de desapego-, para sacarle a la luz los destellos más bellos. Y yo me pregunto, si sabrán los árboles que la pasada noche cambiamos la hora.

Si no lo saben ellos, tampoco el río. Recuerdo estos versos de Pessoa: “Loado sea Dios porque no soy bueno y tengo el egoísmo natural de las flores y los ríos que siguen su camino preocupados, sin saberlo, tan solo en florecer y correr. Esa es la única misión del mundo. Esa –existir claramente. Y saber hacerlo sin pensar en ello”.

Regreso a casa, aunque no es la hora todavía, tengo hambre.

Salud

www.oscarmprieto.com

Deje un comentario