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Calamares fritos

Por José María García Linares , 6 Febrero, 2014

No puedo evitarlo. Cada vez que como en una terraza frente al mar, acabo pidiendo una ración de calamares fritos. Doraditos, crujientes, con su poquito de limón y  sal marina. Ni doradas a la espalda de esas que vuelan a mi alrededor ni vueltas de solomillo en salsa de champiñones. Pues sí. Uno, que es muy basto. Los paseos marítimos me saben a calamares. Los que me ponen a mí vienen cuscurrosos y bien muertos, como los que tenían expuestos en el Museo del Calamar Gigante de Luarca pese al asombro de Mariló Montero. Es lo que suele ocurrir en los museos, que los restos de los animales allí conservados pasaron hace mucho tiempo a mejor vida. Entre los cefalópodos vivos y las almas de los terroristas en los órganos donados no vamos a saber a qué atenernos. Mariló nos vuelve locos, como a mí esta rodajita bien tostada.

Me acompaña mi mujer en estas lides, y aquí estamos los dos al aire libre dialogando como Felipe González y Artur Mas. Qué educados y qué correctos. El bilingüismo, la independencia, la crisis, la independencia, la reforma de la Constitución, la independencia. Asistimos todos los que vimos el programa de televisión a un espectáculo inaudito en los últimos tiempos. Una conversación en la que nadie se falta al respeto. Un diálogo entre personas civilizadas que no hablan con la boca llena, sin gritos y sin Amador Mohedano llamando al teléfono de aludidos. Al final va a resultar que es posible entenderse en España. Según el presentador, invitaron a varias figuras del PP pero declinaron acudir. Parece ser que estaban todos dando voces en Intereconomía y en 13 TV.

Detrás de nuestra mesa hay una pareja de chicas discutiendo a voces (no tenemos remedio) cuál de los actores de la serie El príncipe estaba más bueno. Confieso que no he visto el primer capítulo, pero conozco el barrio ceutí. En Melilla, mi ciudad natal, tenemos también una barriada conflictiva y cada vez más peligrosa en la que, como en el barrio de la ciudad autónoma de Ceuta, hay de todo. No sé si policías tan guapos y musulmanes de revista. Lo que hay es droga, tiros, insubordinación y radicalismo. Se conoce la zona como La cañada de la muerte. Como nombre de teleserie es mucho más atrayente que El príncipe. Hasta Letizia, según parece, se hubiera decantado por la segunda opción. Las malas lenguas.

Lo que también comparten las dos ciudades es una verja fronteriza. Varios diarios de tirada nacional han publicado en sus ediciones digitales  un video en el que se demuestra cómo las autoridades españolas expulsan ilegalmente a los inmigrantes por un paso que hay en la valla de Melilla. El ministro ha reconocido que incumplimos con la normativa, pero bueno. Con siete Padrenuestros está la cosa arreglada. Sin embargo, no debería de olvidar nadie que no es Melilla la que expulsa, sino España. Y que España forma parte de la Unión Europea y que, por tanto, el problema de las concertinas, las avalanchas y la desesperación afecta a la Unión entera. Si Europa quiere verjas, que las mantenga. Si quiere control fronterizo, que mande personal suficiente. Los inmigrantes no tienen la intención de quedarse ni en Melilla ni en Ceuta, sino de viajar a Holanda, Francia o Dinamarca.

Qué sofocación acabo de cogerme así, por las buenas, peor que la de la princesa de Asturias el otro día en un centro comercial cuando se percató de que un joven la estaba grabando con el móvil. La pobre, que había salido de casa vestida de ciudadana y ni por esas. No la dejan vivir. Qué vida tan dura la de la familia real. Ya lo dije yo…, que diría Jaime Peñafiel.

Vaya columna acabo de escribir. Para ser la primera y, además, fruto de la ingesta de una ración de calamares no está nada mal. Sospecho que para relajarme voy a necesitar una porción de tarta de tres chocolates. Lo malo es que cuando tomo dulces acabo hablando de educación… Pero eso será ya la semana que viene.

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