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Buscando empatía

Por Silvia Pato , 17 diciembre, 2014

Cuando uno descubre que, ante los hechos acaecidos en Sydney, con el secuestro de decenas de personas en una cafetería durante 16 horas, muchos de los que allí se congregaron se dedicaron a hacerse autofotos delante del establecimiento para subirlas a sus perfiles en las redes sociales, o a tuitear bromas sobre el suceso, no puede evitar que su ánimo se torne sombrío.

¿Qué nos está sucediendo?

Así como la tecnología puede incrementar de forma considerable nuestros conocimientos, según el uso que hagamos de ella, también puede dinamitar de un plumazo una de las características que más humanos nos hace: la empatía.

Durante las últimas décadas, a medida que nuestra relación con los medios de comunicación digitales se ha ido incrementando, la facultad empática de la mayoría ha ido disminuyendo. Pero no nos engañemos, como otras veces hemos recordado, la culpa no la tiene ni nuestro teléfono ni nuestro ordenador, sino nosotros; la culpa la tiene cada decisión que tomamos a la hora de utilizarlos.

La Real Academia Española define la empatía como la capacidad de identificarse con alguien y compartir sus sentimientos. Desgraciadamente, parece que esa capacidad se está perdiendo a pasos agigantados.

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La empatía está íntimamente relacionada con la compasión, la comprensión y esa inteligencia emocional que todos poseemos, aunque muchos parezcan preferir extirparla de sus mentes. Esa cualidad que nos hace crecer, superarnos y mostrarnos generosos con el mundo, se ha visto tan afectada por la vanidad y el egoismo que se promueve a través de determinada utilización del universo digital, que no será extraño que terminemos retrocediendo hasta convertirnos en seres que solo buscan cubrir sus placeres e instintos, cueste lo que cueste, sin importar ni los deseos ni los sentimientos del otro.

De esta forma nos encontramos con gente que es capaz de tomarse una fotografía ante un sitio donde están sufriendo un montón de personas; otros, capaces de lanzar comentarios hirientes a través de la red que, por lo demás, jamás se atreverían a decir a la cara; y algunos más que adornan sus actuaciones pensando que esos sucesos nunca les pasarán a ellos.

La empatía hay que desarrollarla. Cuanto más escuchamos a los demás, cuanto más conectamos con el mundo real, cuanto más vencemos nuestros prejuicios, cuanto más queremos a nuestro entorno de la forma más sincera posible, sin esperar nada a cambio, más empáticos nos volvemos, más comprensivos, más adaptables, más curiosos.

Hay colegios que, en los últimos años, han cursado la asignatura de empatía entre sus alumnos. ¿Vale la pena? No es una cuestión fácil. En la más tierna infancia comenzamos a aprender a ser empáticos; es entonces cuando la forma de expresar nuestras emociones y ser capaces de ponernos en los zapatos del otro determinarán la dificultad o no que se generará en las relaciones personales de nuestra vida adulta. Sin embargo, de poco sirve una clase de pequeños, o las consultas psicológicas de mayores donde se desarrolla tal capacidad, si sus preceptos y las lecciones que en ella se aprenden no son llevadas a la práctica diaria. Todo el trabajo realizado en una de esas estancias puede venirse abajo por nuestra forma de vida. De cada cual depende que no sea así.

Niños aparcados delante de las televisiones o de las consolas, personas que viven a dos calles y en vez de ir a tomar un café para charlar y mirarse a los ojos chatean a través de sus aplicaciones móviles, el aislamiento en las salas de espera del médico y la falsa seguridad tras las que muchos se esconden supliendo carencias a través de un teléfono inteligente, hacen pensar a menudo que vivimos en una sociedad tecnológicamente distópica.

Y lo más triste de todo esto es que no es tan difícil ponerse en el lugar del otro. Buscar la empatía y favorecerla no es una virtud que solo puedan alcanzar unos pocos. En estos días, empieza a ser una cuestión de ética y de principios. Desde luego, ser empático provoca que uno sufra a menudo, pero ese sufrimiento es una de las caras de la moneda, porque la alegría y la dicha también se viven con empatía y no solo se puede sentir la más plena felicidad por los éxitos propios, también se percibirá por los ajenos.

Seguramente, cuanto más empático es uno más intensamente vive; después de todo, ayudar a los demás es ayudarnos a nosotros mismos.


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