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‘Black Mirror’: Navidad distópica

Por Ivan F. Mula , 4 Enero, 2015

No es fácil que una serie con tan solo seis capítulos y un especial Navideño consiga el impacto y repercusión que ha obtenido la británica Black Mirror (emitida en España por Cuatro y TNT). Su creador, Charlie Brooker, ya había dado muestras de originalidad y transgresión hace algunos años con Dead Set. Estrenada en 2009, la miniserie de cinco episodios satirizaba el “canibalismo” del mundo de la televisión planteando una invasión zombi en la que los únicos supervivientes son los concursantes de la casa de Gran Hermano. Algo de esa crítica descarnada con toques humor negro y recursos arquetípicos del terror más clásico fueron algunos de los elementos que, después, vieron con Black Mirror su expresión más compleja y efectiva.

Black Mirror

Probablemente, el pistoletazo de salida fue su acierto más certero hasta la fecha. Titulado El himno nacional, llamó la atención (algo escandalosamente) de crítica y espectadores, cuestionando con inteligencia la alta política, sus decisiones, la popularidad y la (en ocasiones, vehemente) voluntad popular. La historia partía de una premisa valiente y muy arriesgada: un primer ministro británico al que, frente al secuestro de un miembro de la casa real, se le exige a cambio de su puesta en libertad, tener relaciones sexuales con un cerdo en la televisión nacional.

A partir de ahí, cada nueva entrega (independientes y auto-conclusivas) nos llegó como todo un acontecimiento, convirtiéndose en algo así como la Dimensión desconocida del siglo XXI; eso sí, en una versión mucho más dosificada, pretenciosa y tecnofóbica. En cualquier caso, el problema ha sido que a cada nuevo episodio, la perfección narrativa se ha ido diluyendo, por lo que existe una diferencia notable de resultados entre la primera temporada y la segunda. Cabe decir, sin embargo, que, a nivel de ideas, atmósfera, factura y puntos de partida, la serie sigue en plena forma aunque ha ido perdiendo fuelle en su contundencia. Capítulos como Vuelvo enseguida o El momento Waldo son muestras claras de que las propuestas están muy cerca de acabar volviéndose repetitivas y de que resulta cada vez más difícil rematar de forma tan sorprendente y satisfactoria a como nos habían acostumbrado.

No obstante, el listón sigue lo bastante alto como para recibir con entusiasmo la tercera temporada del que éste especial navideño de 90 minutos titulado White Christmas parece formar parte. No sabemos si hay una intención clara de renovación o si existe verdaderamente la consciencia de que sus planteamientos cada vez tienen menos recorrido. El caso es que, en esta ocasión, se ha optado por enlazar tres historias distintas concediéndoles diferentes nexos de unión y una conclusión más o menos común, consiguiendo así suavizar las posibles carencias de cada una de ellas. La perspicacia de Brooker es incuestionable y, seguramente, se ha dado cuenta de que unir las fuerzas de tres ingeniosas ideas resulta más efectivo que tratar de estirarlas por separado.

Otra novedad, además del cambio de formato (que aún no sabemos si es excepcional o será, a partir de ahora, la nueva norma) es la participación del actor americano Jon Hamm, popular gracias a su papel de publicista en la serie Mad Men. En realidad, cada episodio ha contado con un reparto distinto, separando los conflictos de sus protagonistas que, sin embargo, aparentan formar parte de un universo similar. Pero sorprende, en cualquier caso, ver, por primera vez, un estadounidense al frente de la trama en un show esencialmente tan británico.

Las obsesiones de Brooker siguen presentes, como no podría ser de otra manera: la paranoia contra las nuevas tecnologías, la invasión de las redes sociales en la vida cotidiana o la deshumanización de las relaciones humanas. En esencia, los tres fragmentos comparten dos conceptos esenciales: el de que todo el mundo cuenta con un implante ocular con conexión a Internet (planteamiento muy similar al de Tu historia completa) y el de la posibilidad de extraer una copia externa de tu cerebro con tu personalidad y tus recuerdos. La primera parte es, ciertamente, por impacto, morbo e intriga, la que mejor funciona aunque, por acumulación, la estructura cinematográfica otorga al producto un suspense añadido que impulsa su interés y cuyo tramo final remonta y cierra el conjunto con una redondez que ya estábamos olvidando.

Por todo esto, Black Mirror parece haberse revalorizado de pronto aunque, muchos de sus fanáticos hayan estado negando el declive. Resulta más fácil, por lo tanto, esperar con optimismo más relatos de esta realidad distópica que, desde el otro lado de la pantalla, nos refleja y aterroriza a partes iguales de una forma tan necesaria; sobre todo, teniendo en cuenta que no existe ahora mismo ningún producto parecido en la televisión mundial.

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