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Por Álvaro Bernal , 14 marzo, 2014

asociacionactividades2009biblioteca[1]Pego la hebra con el bibliotecario de la biblioteca pública a la que acudo casi a diario y me cuenta  que está la cosa muy mala, que los dineros públicos no llegan a las bibliotecas, que este año tampoco hay cuartos para  libros nuevos  ni  para talleres  ni para  wifi.  Una pena, porque  con la crisis el número de usuarios de las bibliotecas públicas ha aumentado, sobre todo el de las salas polivalentes,  donde   uno puede leer la prensa y conectarse a internet aunque vaya a pedales. Las bibliotecas públicas se han convertido en una alternativa para los que han tenido que dejar de pagar el adsl o la calefacción,  para los que tienen que buscar el calor de hogar fuera de casa.   Le pregunto al bibliotecario  por el préstamo de libros y tuerce el gesto, eso sí que ha descendido.

Salvo en época de exámenes las salas de lectura de las bibliotecas públicas que frecuento están prácticamente vacías,  y por lo que me cuentan el préstamo de libros es cada vez menor.  Habría que buscar la razón por la que cada vez menos gente acude a las bibliotecas públicas a leer, a buscar información en los libros, a formarse un criterio. Probablemente la inmediatez  y la rapidez que ofrece internet a la hora de buscar información (no siempre fiable, cada vez es más difícil separar el grano de la paja)  sea una de las razones. Otra es que cada vez se leen menos libros. Decía Philip Roth en una entrevista que le hicieron hace unos años  que las pantallas han derrotado  a la literatura y a los escritores,  que los lectores están desapareciendo, que están distraídos mirando las pantallas del móvil, de la televisión y del ordenador. Y apuntaba que la solución no estaba en el formato (en referencia al ebook), el problema es que está desapareciendo  el hábito de lectura.  La lectura de un buen libro requiere tranquilidad, silencio, soledad y tiempo, circunstancias cada vez más incompatibles  con el mundo de hoy, permanentemente pendiente de internet y las redes sociales.  ¿Será la lectura de libros en unos años un hobby minoritario?. ¿Será el libro tradicional un objeto de culto?. Dicen algunos que las bibliotecas públicas están en peligro de extinción, que serán historia dentro de no muchos años. No lo sé,  prefiero no pensarlo y disfrutarlas mientras existan. Acudo a bibliotecas públicas prácticamente a diario, en mi ciudad hay seis y las conozco todas. Voy a sacar libros y películas,  a leer la prensa, voy hasta cuando no tengo ninguna razón para ir, pocas cosas me gustan más que perder el tiempo en una biblioteca sin rumbo fijo, de poesía a narrativa de narrativa  a cine y de cine a ensayo,  filosofía y política.  Pocos sitios me transmiten tanta paz.

Después de la charla con el bibliotecario devuelvo dos novelas de Rafael Chirbes, La buena letra y Los disparos del cazador (muy recomendables por cierto) y me llevo  una de Thomas BernhardHormigón.  De vuelta a casa voy pensando en que me parecen más graves los recortes en bibliotecas públicas  que la subida del IVA cultural, porque las bibliotecas públicas nacieron con la voluntad de hacer accesible la cultura a todos de forma gratuita, nacieron con afán de divulgación, y son  junto a la escuela pública  el primer escalón de acceso y el más claro  a ese cajón desastre que a estas alturas ya no sabemos muy bien qué es y que llamamos cultura. Pocas cosas hay tan vinculadas a los principios democráticos como las  bibliotecas municipales. Recortar ahí confirma lo que algunos sospechamos desde hace tiempo: que la cultura le importa poco o nada  a la clase política, sobre todo cuando no es rentable.

 Pensando en esto pasé junto a la antigua biblioteca pública de Cajamadrid, cerrada hace dos años a raíz del rescate de la caja de ahorros y su conversión en Bankia. Los libros siguen  en las salas vacías y cerradas cogiendo polvo.  Siempre que paso por allí me acuerdo de una frase de Steinbeck que dice más o menos así “Por la cantidad de polvo acumulada en los libros de una biblioteca pública se mide la ignorancia de un pueblo.”

Lo de los bajos índices de lectura de libros no hay Plan de Fomento de la Lectura que lo solucione, pero qué  menos que cuidar y fomentar los espacios en los que anida el saber y la cultura. No obstante las bibliotecas públicas todavía existen, suele haber una en cada barrio, úsenlas, abarrótenlas, desborden a su personal, acudan con sus hijos, vacíenlas de libros. Son suyas.

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