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Beneficios del buen desgobierno

Por Fran Vega , 6 abril, 2016

Un tipo intrascendente

Ese hombre de lánguida mirada y triste caminar que a veces ustedes ven en los informativos mientras oculta la prensa deportiva bajo el brazo y la quiniela en el bolsillo interior de la americana es el presidente del gobierno en funciones. Desde que en otoño convocó las elecciones del 20 de diciembre está así, en este plan gandul y remolón, contemplando cómo los gallos se enfrentan en el corral mientras él lanza volutas de humo por encima de las gafas. Es un hombre en funciones, una especie de la serie B que la política nos ha proporcionado. Un tipo intrascendente.

Tal vez mientras observan su absurda realidad hayan caído en la cuenta de que pertenecemos a una generación privilegiada, estratosférica y homérica, que está viviendo un acontecimiento sin precedentes en la historia de esta España nuestra: llevamos más de cien días sin gobierno. No tenemos quien nos represente, las reuniones internacionales de primeros ministros nos importan un comino y aquí ya no se mueve un folio ni una firma hasta que el rey no bendiga al nuevo presidente. ¿Y mientras tanto? Mientras tanto, disfrutemos.

Podría parecer que el país está paralizado, que las fábricas han dejado de producir aparatos insensatos o que las gentes han dejado de adquirir cosas que no utilizarán. Pero no. Siguen sonando los despertadores, la chavalería acude a sus clases y la liga de fútbol continúa su curso. No sé qué más puede pedirse a un estado sin gobierno.

Sin embargo, la gran ventaja de la prolongación de este juego de trileros en que se han convertido las negociaciones consiste en que nadie puede robar un euro de partidas presupuestarias inexistentes. Sin gobierno, no hay firma; sin firma, no hay presupuesto; y sin presupuesto, no hay hurto ni soborno. De modo que mientras que todos los ladronzuelos y pillastres que nos gobiernan se mantengan en funciones tendremos un oasis de honradez que generaciones enteras querrán ver alguna vez.

Más beneficios: no hay declaraciones a la prensa. Durante este tiempo de parálisis, solo Mariano se ha atrevido con algunas de sus incomprensibles frases, pero desde la vicepresidenta al último subsecretario se observa un silencio que solo es interrumpido de vez en cuando por ese personaje que custodia la cartera de Interior debidamente respaldado por su ángel de la guarda. Ningún responsable del gobierno en funciones se la quiere jugar, no vaya a ser que en una de esas carambolas que la política produce acaben con algún cargo de importancia en cualquier coalición, por estrambótica que esta sea.

Y finalmente, y no por ello menos trascendente, tampoco hay ideas. Por fin. Todos guardan sus mejores bazas y se limitan a exponer viejos asuntos que ya hemos escuchado demasiadas veces, así que llevamos una agradable temporadita en la que salvo las ocurrencias de los bufones habituales de la corte no tenemos que mostrarnos perplejos ante lo que algún ministro haya pensado entre el primer martini y el último gin-tonic.

Y por lo demás, ¿qué importa este asunto de estar o ser en funciones?, ¿acaso estaríamos mejor con cualquiera de los negociadores instalado en la Moncloa? No creo que debamos preocuparnos. O al menos, no todavía. Se está bien sin nadie al frente. Nos da un poco de rollito ácrata y nos permite pensar que somos un país maduro con las cositas bien claras. Después de todo, ser presidente del gobierno es serlo siempre en función de lo que ordenen la banca, la sacristía y la bolsa. De modo que mientras no podamos elegir a los presidentes de estas tres columnas básicas del estado, cualquiera que ocupe el sillón de presidente lo hará en calidad de provisional y transitorio. Como cualquier tipo intrascendente.

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