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!Bendita Rutina!

Por Francisco Collado , 17 abril, 2019

 

Nos quejamos por vicio. Nos quejamos por activa y pasiva. De palabra y de obra. Nos quejamos por acción y omisión. Nos quejamos de no ser actores en este espectáculo que nos ofrece la existencia. Una ceremonia de olvidos, cuyo guión escribimos tan sólo a medias. Ejercemos de habitantes inciertos en este breve paseo. Espectadores en la sala de variedades que es la vida. Aquellos que se pasan el día quejándose del automatismo diario; de la repetición sistemática de hábitos, querencias y otros melindres; ignoran el bálsamo vital que es la rutina. Cuando se rompe el esquema trascendental de la cotidianeidad; cuando se quebranta la repetición de gestos, actitudes o situaciones que tanto nos hastían; las probabilidades de que sea para algo positivo son siempre escasas. En la mayor parte de los casos es para jodernos el día. Como mínimo. El ser humano es una especie errónea. Necesitamos ver las orejas al lobo, asomarnos en escorzo al abismo para aprender a saborear el instante. Aunque nos dure poco el escarmiento, o la brevedad de nuestras neuronas nos empuje irremisiblemente a las andadas. Rezongamos por tener que levantarnos cada mañana, sin comprender que es un privilegio que otros ya no tienen. Se nos llena la boca de protestas por tener que ir a trabajar una y otra vez, sin vislumbrar lo que darían otros por tener un trabajo. Nuestra cotidianeidad está sembrada de quejas y quebrantos, de desalientos por un “quítame allá esas pajas”, de reproches a la existencia por nimiedades. No acabamos de entender el milagro de abrir los ojos cada amanecer. El regalo inmenso de poder repetir una y otra ve nuestras rutinas cotidianas, de tener posibilidades que a otros les son negadas.  El simple acto de despertar intactos cada día es un maravilloso regalo. Si tenemos en cuenta las diversas variantes fisiológicas a las que está condenado nuestro cuerpo, es inteligente dar gracias a cada paso que avanzamos. Cuando nos comunican que a un  conocido le ha dado un “yuyu”, todo nuestro sistema de valores se transforma (por escaso tiempo). Comenzamos a planear como vamos a cambiar los hábitos vitales, el modo en que apuraremos y degustaremos la copa del instante. Pero somos una especie con tendencia presurosa al olvido. Y todas las buenas intenciones desaparecen como lágrimas en la lluvia (gracias replicante Roy Batty). Nos cuesta aceptar que la naturaleza, el demiurgo (o Perico el de los palotes), nos regalan cada día la maravillosa posibilidad de existir, de repetir actos porque podemos hacerlo, de vivir una rutina porque se nos permite degustar cada día el instante como algo novedoso. Como un extraordinario descubrimiento. Intentemos comprender la inmensa complejidad que contienen los actos más cotidianos. El maravilloso regalo de repetir actos porque se nos regala toda la arquitectura física y mental necesaria para hacerlo. Hagamos de la humildad bandera y demos a los pequeños gestos, a los trances cotidianos, la importancia que tienen. Bendita rutina que nos permite seguir caminando un día más.

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