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Ángel Olgoso, Premio de la Crítica de Andalucía.

Por Carlos Almira , 19 abril, 2014

Hace uno años tuve la suerte de conocer al escritor granadino Ángel Olgoso.

El escritor Ángel Olgoso, trabajando entre sus libros.

El escritor Ángel Olgoso, trabajando entre sus libros.

Hace unas semanas, por fin, tras quedar finalista en varias ocasiones, recibió el Premio de la Crítica de Andalucía, en la sección de narrativa, por su magnífico libro de cuentos: “Las Frutas de la Luna” (Editorial Menoscuarto). Al público lector que ya le conoce, poco puedo decirle sobre esta obra, como sobre el resto de sus trabajos (los últimos, publicados recientemente con la editorial granadina Nazarí). Pero para quienes aún no han tenido esta experiencia, además de recomendárselo vivamente, quiero reproducir lo que en su día le escribí al autor, antes de que el libro se publicara, sobre uno de los cuentos que componen el volumen, uno de los mejores que he leído nunca, titulado “El Síndrome de Lugrís”.

1.      La estructura de este cuento: es como si se propusiera un relato largo, tras un feed back autobiográfico, hasta el punto crucial en que sobreviene la locura del personaje, para acelerarse a continuación como en un cuento de Poe.

2.      ¿Cuál es la función narrativa de este planteamiento? Introducir la atmósfera. Esencial y recurrente inmersión en expresiones gallegas, en las palabras del mundo rural. Entonces se construye un espacio-tiempo propio (como el del galeón español hallado por José Arcadio Buen Día en “Cien Años de Soledad” que vivía en un ámbito propio, de soledad, al salvo del tiempo).

3.      El personaje-narrador evoluciona conforme va contando la historia, de la que él mismo es víctima: he aquí un medio de reforzar el tema básico del cuento: la amistad derrumbada por la locura (como en los inmortales versos de Yeats: “El fin de la amistad, y la muerte del brillo de los ojos”).

4.      Hay además, una transición muy gradual y lograda hacia una trama de corte fantástico, que en ocasiones roza el cuento de terror, pero sólo roza. El autor lo consigue, entre otros procedimientos, mediante descripciones minuciosas de la realidad.

5.      Algunos personajes no serán olvidados fácilmente por el lector: galdosianos, intensos y como perdidos (encontrados) en un cuento de Poe.

6.      Por un momento, ya avanzada la trama, parece como si el personaje narrador se pusiera en el dilema de seguir a su amigo en la locura (la amistad exige puentes que la locura no tolera). El lector quedará en suspenso por unos breves, intensos momentos ante esta posibilidad, apenas insinuada entre líneas.

7.      Los personajes secundarios no son meras figuras, parte de un decorado, sino piezas imprescindibles en la trama, en sus ritmos, avances y retrocesos; parte del engranaje de la historia. Al igual que los espacios (calles, escaleras, casas, etcétera). De este modo, hay una suerte de animismo que impregna de principio a fin el relato como en un cuento tradicional, o incluso en un mito.

8.      El cierre es magistral: el demente golpeándose su propio rostro (¿no es la locura la pérdida del rostro?). Y al final el apretón de manos, ya en el hospital, levemente correspondido por el demente, como un guiño de lo imposible.

Valga esto como un pobre balbuceo de admiración por un gran escritor al que, al fin, se reconoce con justicia.   

 

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