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Al ritmo de Rectify

Por Marta Ailouti , 11 julio, 2014

Algunas cosas ocurren lento. A veces también las buenas. Rectify lo es. Lenta y buena. Una balada suave que se engancha en tu cabeza y que no quieres parar de escuchar. Es un poema contado a media voz. Literatura y séptimo arte. Y octavo. Y noveno. O solo arte. Arte a secas. Y ya es mucho decir. Una maravilla entre los estrenos en series del año pasado que, por suerte, ya está de vuelta.  rectify Rectify ocurre, como las grandes cosas, muy poco a poco. Con pequeños gestos y pequeños actos. Seis capítulos que corresponden a seis días y a toda una temporada. Pero su ritmo no es un problema en realidad porque te engancha, hipnótico, a su manera de deslizarse por la vida de su protagonista. Su nombre es Daniel Holden (Aden Young) y ha pasado sus últimos 19 años en el corredor de la muerte condenado por la violación y el asesinato de Hanna, su novia del instituto, hasta que por una prueba de ADN su juicio es declarado nulo y es puesto en libertad. Así que él también sabe algo del tiempo. Que a veces te cae pesado y de golpe aunque se acelere después en la memoria.

A partir de aquí, todo es a mejor. Producida por los productores de Breaking Bad, Mark Johnson y Melissa Bernstein, y dirigida por Ray McKinnon, el que fuera también actor de Deadwood y Sons of Anarchy, Rectify es un drama criminal atípico que pone su foco en su protagonista una vez fuera del mundo que ha conocido hasta ahora, donde todo se medía en una escala de pocos metros cuadrados y cuyo final más inminente era la inyección letal. Así, lo que te atrapa de ella es una inmensa curiosidad que va más allá de lo relacionado con la investigación del asesinato, que a su vez sucede despacio porque no importa, no a quienes tiene que importar, y del que siempre asoma una pregunta que nadie se atreve a formular.

La serie se centra pues en las variables de la vida y en cómo Daniel tendrá que aprender de nuevo a conocerse y a interactuar con su entorno y con los otros, ahora extraños. Y lo hará sin la protección de su celda. Sin esas paredes que le sirven de colchón para entablar conversaciones con el resto de los presos, sin exponerse demasiado. Solo cemento. Y sin embargo, uno tiene la sensación de que le resulta mucho más fácil comunicarse a través de los ladrillos que a través del aire que fluye libre, traspasa la pantalla y se respira denso. Como denso es Paulie (Georgia), el pequeño pueblo que le espera a su salida deseoso de venganza y dispuesto a no olvidar, ni mucho menos a perdonar.

En su ópera prima, McKinnon ejerce un tremendo control sobre todos los elementos que utiliza, lo que se traduce en una inmejorable puesta en escena. Y lo hace con una soberbia elegancia visual. Con planos dotados plenamente de sentido y paralelismos entre ellos. Nada sobra y nada falta. Sugiere cuando hay que hacerlo, y es explícito cuando lo considera oportuno. Con un brillante guión, que contempla también el uso del silencio, y una buena selección musical. Dramática, hermosa, cruel y violenta. Con la capacidad de encontrar el momento exacto para cada cosa. O para mezclarlo todo entre sí.

Y al final, lo que resulta de todo ello es un tremendo buen gusto en cada minuto de la serie. Un clima absorbente del que extrañamente quieres más y más. Y es aquí donde el resto del reparto hace un excelente trabajo. Con unos personajes bien perfilados y definidos que, de un modo u otro han sido y serán también arrastrados por el huracán Daniel, en ese torbellino que les arrasa de adentro hacia afuera pero también en dirección contraria.

Una serie que tiene mucho que ver con la libertad y las costumbres, con los juicios populares, los lastres, el odio y la culpa. Pero además con el amor fraternal, con la amistad y la fe. Que te atraviesa, de golpe, en cada secuencia y es capaz de llegar a la esencia de las cosas. Y te golpea de lleno, allí, donde está lo importante que te conmueve y te sacude. Es una emoción, que va mucho más allá del mero entretenimiento. Como Daniel, en el que a uno le gustaría sumergirse para tratar de comprenderlo del todo. Deliberadamente ambiguo en lo que respecta a lo criminal, misterioso, roto, descosido, inteligente, culto, opaco e incluso, a veces, inocente.

Por suerte, esto acaba de empezar y nos esperan diez nuevos episodios, de los que, por cierto para quien albergue dudas de cómo resultará su segunda temporada, el primero de ellos cumple bien todas las expectativas. Veremos cómo continúa a partir de aquí. Y esperemos que, rápido o lento, lo haga por el mismo buen camino.

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