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Al otro lado del espejo

Por Silvia Pato , 6 agosto, 2014

Vivimos en una sociedad de encantadores de serpientes. Los encontramos en la publicidad, en la política, en la economía, en el mundo de la gestión de contenidos, en la televisión, en el cine… Siempre hay algún encantador de serpientes en cada ámbito de nuestro día a día, aunque la mayoría de las veces ni siquiera habrá unanimidad para catalogarles como tal, dependiendo en todo momento de los ojos del que mira, como no puede ser de otra forma.

Tiempo ha quedaron el honor y la fidelidad a la palabra dada; hoy, nadie lanza ya el guante, porque nadie lo tomaría, a menos que fuera para robarlo.

Así las cosas, en una sociedad donde gracias a Internet el ente más temido se llama hemeroteca, nos encontramos, de un lado, a los embaucadores; de otro, a aquellos que se dejan embaucar; y en  medio, a unos cuantos que observan, a través de sus aparatos digitales, cómo se desvanece el mundo en el que crecieron .

La mayoría compra las historias que quiere creer a los vendedores de humo, limitándose a repetir las palabras que escucha, buscando las opiniones que confirmen lo que, de antemano, ya ha decidido; después de todo, son las declaraciones que quiere oír, prefiriendo ignorar tanto los actos que las secundan como los hechos que las precedieron. Como resultado, le dará más importancia a la imagen, primará las apariencias, y decidirá vivir, consciente o inconscientemente, de espaldas a la realidad.

Pero ninguna idea ni sentimiento que nazca de espaldas a la realidad será verdadero ni honesto; simplemente, se concretará en una mera emoción o en una anodina creencia, provocada por una ensoñación o un deseo que se quebrará cuando el crédulo se vea acosado por el mundo real. De tal modo, buscará escapar de este cuando le alcance, ya sea a través de la distancia, de la negación o de un dispositivo táctil.

Página de A través del espejo y lo que Alicia encontró allí, con ilustración de John Tenniel.

Página de A través del espejo y lo que Alicia encontró allí, con ilustración de John Tenniel.

Seguramente, el panorama sea desesperanzador, mas lo cierto es que mientras el crédulo no asuma su condición y sea consciente de su unicidad, mientras prefiera quedarse en la anécdota en vez de buscar lo importante, mientras prefiera caminar sobre las aguas en vez de bucear en ellas, seguirá viviendo dando la espalda al mundo real, tomando los caramelos que le regalan los encantadores de serpientes que nos rodean, prefiriendo que decidan por él, optando por una vida en constante evasión.

Solo el propio criterio, la formación, la educación, la madurez y la valentía pueden romper el espejo; pero ese es un camino difícil, y la sociedad del mínimo esfuerzo sigue primando tomar la senda más fácil, aunque con ello los principios y la palabra dada pierdan por completo su valor.

¿Qué pasaría si cada uno de nosotros asumiera realmente su palabra y su responsabilidad en cada uno de los actos y decisiones de nuestras vidas, sin esconderse ni justificar sus acciones con una actitud inequívocamente infantil detrás de las quimeras vendidas por otros?

¿Qué pasaría si cada uno de nosotros tuviera el coraje de vivir sin traicionarse a sí mismo, siendo consecuente con sus promesas y sus actos, prefiriendo la verdad, por muy dura que esta sea, a la ilusión de un distópico mundo idílico?

¿Qué pasaría si cada uno de nosotros tuviera el coraje de cruzar al otro lado del espejo?

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