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Adiós al restaurante Chez Lyon: gracias por tanto

Por José Antonio Olmedo López-Amor , 24 septiembre, 2017

 

 

Hace unos días me enteré de la noticia, como suele ocurrirme, buscando datos por la red para redactar algún artículo, leo muy apenado las siguientes palabras: Chez Lyon, el carismático restaurante valenciano regentado por Francisco Mateu, cierra sus puertas tras cuarenta años de actividad en el corazón de Valencia. Y no pude más que entristecerme y sentirme un poco culpable de su cierre. Acertadas o no, estas fueron mis primeras emociones al leer dicha noticia. Y es que desde que conocí aquel lugar, en un emplazamiento privilegiado de la festiva y peatonal calle En Llop, muy cerca del Ayuntamiento de Valencia, siempre pensé en el poder transformador, restaurador y unitario de la cultura.

Una pequeña mesa circular, ataviada con la apropiada mantelería de un negocio de restauración, siempre aguardaba a un lado de la puerta, en ella, unas tarjetas de visita, y no solo por eso, sino por la presencia de un poema manuscrito en un papel de aspecto pergamino colocado sobre un cabestrillo de madera, provocaba que cualquier transeúnte se detuviera y leyese aquellos inesperados versos, versos firmados por sus propios autores que iban cambiando con el transcurso de los días.

La poesía era el primer aroma que uno percibía antes de entrar a este emblemático local. Muchas personas se fotografiaban ante «los versos del día», algo que contrarrestaba impactantemente con los típicos «menús del día» que ofertaban en su exterior los demás restaurantes colindantes. El primer día que advertí esos umbrales versos pensé: esto debe ser idea de algún poeta. Y no me falló nada la percepción, la persona al frente de aquel negocio era Francisco Mateu, Paco para los amigos; un hombre delgado, de aspecto frágil y mirada serena al que conocería —por suerte— poco después y con quien entablé una hermosa amistad.

Francisco Mateu.

La primera vez que entré al local me pareció pequeño. Desde la entrada podía verse todo, excepto la cocina, que era subterránea, y por supuesto los baños. La barra se encontraba a la derecha, nada más entrar, y ella acompañaba a unos escalones que daban acceso al salón, un recinto en el que había una escalera de madera por la que podía accederse a otra altura, también preparada con mesas. Aunque lo que llamó mi atención fue un árbol de madera que decoraba una de las paredes, cerca de la entrada, y del que emergían varias estanterías a modo de ramas. Paco siempre colocaba en ellas libros de amigos, personas que agradecían su fraternal trato de anfitrión perfecto y, de alguna forma, querían contribuir a ese amplio proyecto cultural que este singular maître hizo florecer en este recinto.

Fotografía de Ramón Torregrosa.

Y es que los domingos, día de cierre para descanso del personal, Paco abría las puertas de su restaurante, solo y exclusivamente para que algún artista o conjunto de artistas actuase por la tarde. Dicha oportunidad no fue desaprovechada por la efervescente comunidad cultural valenciana, y de esa forma, asociaciones culturales, grupos o artistas en solitario llenaban el local con sus propuestas, por lo que no tardó en convertirse en un bastión de poetas.

Vicent Camps, recitando.

Por si fuera poco, Paco creó un movimiento solidario denominado “Comunicación desde la otra orilla. Un mar de poemas solidarios”, el cual consistía en la donación de poemas manuscritos por parte de escritores o personas aficionadas,  los escritos después se introducían en frascas de vidrio, de medio litro, y se vendían, tanto en el restaurante, como en librerías, por un módico precio con la idea de donar todo lo recaudado a fines benéficos. Fue tal la aceptación social de aquel proyecto, que firmas de toda alcurnia, desde personajes consagrados a anónimos, en varias lenguas y de formas muy creativas, participaron y donaron sus poemas, motivando con ello que tanta belleza artística y buenas intenciones fraguaran en un proyecto en papel, una preciosa revista.

Botellas y revistas se expandieron por Valencia como la pólvora. Paco comenzó a organizar eventos en diferentes locales: presentaciones, maratones o recitales, siempre como generoso anfitrión y dando la oportunidad de expresarse a multitud de artistas. Su personalidad, generosa y altruista, enamoraba allí a dónde iba, por lo que todo el que sabía de su proyecto decidía sumarse a él. El último artículo que leí al respecto señalaba que más de 4.500 botellas habían sido vendidas, y la revista agotó rápidamente su primera edición. El proyecto de un maître poeta comenzó a salir en los medios: radio, prensa, internet, y la noticia se expandió por toda España. Llegaron a cruzar el atlántico una buena remesa de botellas, así como también llegaron a otros países europeos, demostrando que hace más el que quiere que el que puede.

Nunca olvidaré el recital que ofrecimos Gregorio Muelas y yo en febrero de 2013 en este local. Nos acompañaron los músicos de Samaín y Enclavedeblog.com, una experiencia única que pudimos compartir con el numeroso público que asistió a arroparnos.

Fotografía de Anna Pérez.

La comunidad cultural valenciana, en masa, debería unirse y homenajear a Francisco Mateu por su denodado esfuerzo en pro de la cultura y la solidaridad, valores poderosos y esperanzadores que hoy son más necesarios que nunca.

Desde aquí doy las gracias a Paco y también a Anna Pérez, por todo su cariño y hospitalidad, esperemos que este cambio de rumbo sea para bien, termina una etapa y se abre otra nueva. Podéis dormir tranquilos, habéis hecho algo muy grande, os queremos. Vosotros sí sois poesía.

 

2 Respuestas a Adiós al restaurante Chez Lyon: gracias por tanto

  1. Babilònia Ediciones Responder

    24 septiembre, 2017 a las 6:34 pm

    Me apunto a ese merecidisimo homenaje

  2. Pingback: Adiós al restaurante Chez Lyon: gracias por tanto. | Acrópolis de la Palabra

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