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A mí también

Por Ema Zelikovitch , 15 Febrero, 2017

Nota: a raíz de la campaña y del vídeo que ha lanzado hoy eldiario.es, #Amítambién… http://www.eldiario.es/micromachismos/video-micromachismos-a-mi-tambien-pasado_6_612498773.html

Nota 2: estoy harta de la palabra violencia. Podríamos inventarnos otra para definir la fuerza de dominación y de imposición.

Estoy cansada. Me duelen los pies. Me hago pis. Tengo la boca seca… qué sed. Se me cierran los ojos, y a todo respondo con un ‘sí’, por no pensar. Llevo 5 horas sonriendo, dando las gracias… nunca pensé que cansaría tanto la actitud servicial. Fingir es complicado. Me suenan las tripas, tengo la espalda sudada y los pantalones sucios. Huelo a restos de la comida de este lugar. Las uñas…dios las uñas. ¿Y las manos? Mejor no os hablo de ellas. Me he comprado una crema de rosa mosqueta, a ver si dejan de parecer piedras y no me da vergüenza enseñarlas por ahí. El pelo lo tengo encrespado, recogido en un asqueroso moño, todo grasiento. Así no me extraña que el día que no trabajo quiera vestirme de gala. Por no sentirme sucia, una sucia que no elegí. Aun así, con todo, miro con agrado, hago bromas, me río. Soy una tía joven, simpática, dinámica y trabajadora. Tengo todas esas cualidades que piden en las ofertas de empleo de mierda. Aun así, os estaba diciendo, soy dulce. Tan dulce que alguno espera a que cierre para invitarme a una copa. Me da mucha pereza decir: “tío, no. Te he servido la cena, y ya. Te he sonreído a ti como sonreí al viejo que tenías sentado al lado, y de ninguna de las dos sonrisas ha de deducirse que quiero tener algo. Con nadie. Quiero llegar a mi casa, quitarme esta ropa asquerosa, servirme una copa de vino, ducharme, masturbarme e irme a dormir”, entonces le suelto una risita y le digo “que no, en serio, no insistas. Además, ¿tú me estas viendo? Venga, que lo pases bien. ¿Mi número? Otro día, así me aseguro de que vuelves para probar el resto de la carta”.

Hoy es domingo. O… hagamos como si lo fuera porque lo que voy a contar sucedió un domingo. Llevamos trabajando toda la semana. No es de lo mío, pero no me disgusta. De hecho a veces incluso lo disfruto. Hoy cerramos más tarde porque después no volvemos a abrir. Tengo hambre, quiero fumarme un cigarro, o dos. Y dormir.

Esto está lleno de gente.

Vamos a ir cerrando”, ¡vete!, pensamos. Recogemos todo, ordenamos y limpiamos. En mi vida hice nada más asqueroso que limpiar el water de un restaurante un domingo a las cinco de la tarde, os lo aseguro. ¡Mi comida! Voy a parar un momento, doy dos bocados, y sigo.

La Violencia siempre la imaginé como un hombre enorme vestido de negro con cara de enfadado. Así, ejerciendo fuerza de dominación y de imposición. (Sigo pensando que habría que inventar otro nombre). Pateando, gritando, lanzando cosas, rompiéndolo todo. “Tú, OBEDECE”.

Lloro. Lloro.

Tengo

miedo.

Y entonces sucede, eso que tu madre y tu padre, cuando eras pequeña, siempre te decían que no debías permitir. Sucede que sentir miedo no es lo peor, sucede que incluso a veces lo prefieres. Sucede que el miedo es la causa directa de un sentimiento arrollador que trae consigo la paralisis. Sucede que te hacen creer que no-eres-nadie. Es algo así como sentirse sola, y además sin voz.

De pronto allí no había nadie más, solamente yo, y La Violencia. Retumbaba en mis oídos un grito que me repetía “no-eres-nadie”. Y yo trato incansablemente de traer a la memoria la voz de tantas mujeres que nos reclaman dignas para poner de nuevo en movimiento todo un cuerpo mudo e inmóvil, cansado, torpe y deseoso de desaparecer. Y lloro despacio, y bajito.

Bajito. Bajito.

Tengo

miedo.

Dar el paso, escapar, huir, no mirar atrás (es tan tópico como real) gracias a una, por qué no, también violencia (ésta en minúsculas) salvadora, una rabia inconfundible, algo así como un instinto natural, un sexto sentido, una fuerza arrojadora de una misma por salvarse.

Lloro. Lloro.

Ahora fuerte,

porque no me oye.

Corro.

Aun así, y con todo, desde aquel domingo, La Violencia duerme cada noche

debajo

de mi almohada.

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