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Por qué escribo

Por Eduardo Zeind Palafox , 29 enero, 2019

 

Orwell talking in his flat in Islington, winter 1945 (Vernon Richards)

 

Por George Orwell

Traducción: Eduardo Zeind Palafox 

Desde muy temprana edad, tal vez desde los cinco o seis años, supe que creciendo debía ser escritor. Entre los diecisiete y veinticuatro años de edad procuré abandonar tal idea, e hícelo consciente de que zahería mi verdadera naturaleza y que tarde o temprano tendría que asentarme y redactar libros.

Viví en medio de tres niños, y había brecha de cinco años por cada lado, y casi no frecuenté a mi padre antes de los ocho años de edad. Por tales o cuales razones fui algo solitario, y desarrollé prontamente deleznables modales que me impopularizaron en los escolares años. Tuve el infantil hábito de urdir historias, de sostener conversaciones con imaginarios personajes. Creo que desde aquello mis literarias ambiciones se entreveraron con el sentirme solitario y despreciado. Sabía que era perito con las palabras y que era poderoso al arrostrar hechos disgustantes, y noté que esto creaba un como mundo privado en que podía retrotraerme del fracaso en la cotidiana vida. Pero el volumen de serios -de intenciones serias- escritos que produje a través de la niñez y de la juventud no es ni media docena de páginas. Escribí el primer poema con cuatro o cinco años de edad, que mi madre captó de mi dictado. No recuerdo mucho del poema, excepto que trataba de un tigre con dientes asillados, que sospecho es poema plagiado de “El Tigre”, de Blake. Con once años, al iniciar la guerra, por 1914-18, redacté patriótico poema que fue impreso en la local prensa, cual otro, dos años después, sobre el fenecimiento de Kitchener. De tiempo en tiempo, siendo un poco mayor, redacté malos, típicos, inacabados “naturalistas poemas” al modo georgiano. También ensayé una historia corta que fue hórrido error. Tal es el total de trabajos serios que en realidad acosté en papel durante esos años.

Con todo, a través de ese tiempo tuve, en cierto sentido, quehaceres literarios. Empecemos por lo que fue “hecho por encargo”, que produje veloz, fácilmente, sin complacerme. Además del escolar trabajo, redacté versos de ocasión, cuasi cómicos poemas que creo realicé con velocidad sorprendente -con catorce años redacté entera obra rimada, imitando a Aristófanes, en casi una semana-, y ayudé a editar escolares revistas, impresas y manuscritas. Tales revistas fueron la cosa más burlesca que pueda imaginarse, y me costaron mucho menos esfuerzo del que hoy podría exigirme el más vulgar periodismo. Pero simultáneamente, por quince años o más realicé literario ejercicio de tipo harto distinto, que fue hacerme continua “historia” acerca de mí mismo, un como diario sólo existente en la mente. Creo que es común hábito de niños y adolescentes. Cual muy pequeño niño imaginaba que era, digamos, Robin Hood, y me pintaba cual héroe de sorprendentes aventuras, mas pronto la “historia” cesó crudamente de ser narcisista y se hizo más y más mera descripción de lo que hacía y de las cosas vistas. Durante minutos, a veces, acaecía tal tipo de cosas en mi cabeza: “Empujó la puerta y entró a la recámara. Amarillo rayo de sol, cruzando la muselina hecha cortina, se inclinaba en la mesa, donde una casi abierta caja de fósforos yacía junto al tintero. Con la derecha mano en el bolsillo movióse hacia la ventana. Abajo, en la calle, un gato pardo cazaba una hoja muerta”, etc. El hábito continuó hasta los veinticinco años de edad, años no literarios. Aunque debía, y mucho lo hacía, hallar adecuadas palabras, notaba que realizaba tal descriptivo esfuerzo casi contra mi voluntad, enseñoreado por un tipo de externa compulsión. La “historia” debió, conjeturo, reflejar los estilos de los varios escritores que admiré en diversos tiempos, y aún recuerdo que siempre ostenté la misma cualidad o meticulosidad descriptiva.

Con dieciséis años de edad de repente descubrí el goce de las meras palabras, p. ej., los sonidos y las asociaciones de ellas. Las líneas del Paraíso perdido:

Voacé, con dificultad, con dureza, movióse:
Movióse con dureza, con dificultad voacé…

que ya no parécenme tan maravillosas, diéronme escalofríos vertebrales, y ese decir, el “voacé”, no “vos”, fue añadido placer. Acerca del menester descriptivo lo supe todo prontamente. Luego, era claro qué tipo de libro afanaba redactar, tanto como podía decir que deseaba redactar libros en dicha época. Afané redactar enormes, naturalistas novelas de infelices finales y saturadas de detalladas descripciones y turgentes símiles, y también saturadas de pasajes nubosos donde el uso de las palabras fuera parcialmente movido por el sonido propio. Y, de hecho, mi primera novela acabada, Birmaninos días, que pergeñé con treinta años de edad, pero esbozada mucho antes, es tal tipo de libro.

Dispenso tamaña información pasada porque no creo que se puedan justipreciar los móviles del escritor sin conocer algo de su temprano desarrollo. Sus tópicos, sus materiales, son determinados por la época en que vive -al menos eso es cierto en tumultuosas, revolucionarias épocas, como la nuestra-, y antes de escribir adquiere emocionales actitudes de las que nunca huirá completamente. Su trabajo, sin duda, es disciplinar el temperamento, soslayar el quedar atado a alguna inmadura etapa, a algún perverso sentir. Mas si soslaya todas las tempranas influencias podría matar el impulso de escribir. Aislando el menester de allegar la vida, pienso que hay cuatro grandes motivos para escribir, para escribir prosa. Los hay en diversos grados en cada escritor, y en cada uno de ellos las proporciones variarán de tiempo en tiempo y según la atmósfera en que se viva. Son:

1) Mero egoísmo. Afanan parecer inteligentes, o ser afamados, recordados tras morir, o vengarse de adultos que los afrentaron siendo niños, etc. Es dislate pretender que eso no mueve, y en demasía. Los escritores comparten tal característica con científicos, artistas, políticos, jurisconsultos, militares, exitosos mercaderes -en suma, con la superficie enorme de la humanidad. La gran masa humana no es egoísta en exceso. Luego de los treinta años de edad casi abandona el individualismo totalmente -vive, sobre todo, para el prójimo, o simplemente menguado por labores funestas. Mas hay también las minorías de dotados, gente voluntariosa que determina vivir la propia vida hasta el final. Son los escritores parte de tal clase. Los más serios escritores, debe decirse, en general son más vacuos y egoístas que los periodistas, pero de menor interés monetario.

2) Entusiasmo estético. Percepción de la mundana belleza exterior, o, distintamente, de las léxicas composiciones. Complacencia en el impacto del sucesivo sonido, en la firmeza de la buena prosa, en el ritmo de las buenas historias. Afán de compartir el haber experimentado sentires de valía que no debieran perderse. Los móviles estéticos son harto laxos en muchos escritores. Pero hasta el panfletista o el redactor de manuales tiene dilectos términos o frases que esgrime por no utilitaristas razones, y hasta es atraído por la tipografía, por la anchura de los márgenes, etc. Luego de los manuales ferroviarios no hay libro bastante libre de estéticas consideraciones.

3) Afán histórico. Deseo de vislumbrar las cosas tal cual son, de hallar hechos y atesorarlos para que la posteridad los use.

4) Políticos propósitos. Entiéndase la palabra “política” en el más lato sentido posible. Deseo de guiar el mundo hacia cierta dirección, de alterar las ideas de la gente acerca de la clase de sociedad por la que se debiera bregar luego. Otra vez, ningún libro es genuinamente libre de políticas perspectivas. El opinar que el arte no debiera tener nada que ver con lo político es, en sí, una política actitud.

Puede verse que tales impulsos deben bregar entre sí, y que fluctúan en cada persona, en cada época. Naturalmente -téngase por “naturaleza” el estado alcanzado en la primera adultez- soy persona en la que los primeros tres móviles son de más fuste que el cuarto. En pacífica época pude haber redactado ornatos o meros descriptivos libros, y pude haberme mantenido deslindado de políticas lealtades. Mas fui forzado a volverme un como panfletista. Gasté, primero, cinco años en inconveniente profesión (en la Policía Imperial de la India, en Birmania), y luego padecí pobreza y el sentir el fracaso. Eso incrementó mi natural odio hacia la autoridad e hízome por vez primera totalmente lúcido sobre la existencia de las clases trabajadoras. Y el trabajo en Birmania me hizo entender la naturaleza del imperialismo: pero tales experiencias no fueron bastantes para regalarme la precisa orientación política. Después devinieron Hitler, La Guerra civil de España. Por los fines de 1935 aún no lograba la firme decisión. Recuerdo pequeño poema que redacté en esa época para expresar el dilema:

Feliz vicario pude ser

hace dos siglos.

Predicaría sobre los eternos juicios

y vería mis nueces aumentar.

Mas nací, ay, en maldita era.

Extraño esos plácidos resguardos.

Cabello ha crecido sobre mi labio

y los clérigos andan afeitados.

Luego hubo tiempos buenos

en los que fue fácil complacernos.

Meneábamos los malos pensares dormitando

en el seno de los árboles.

Todo ignorándolo, atrevidos, allegamos

goces que hoy disimulamos.

El verdor en la manzanal rama

podía a mis enemigos tremolar.

Y vientres de doncellas y duraznos,

y peces en sombrías corrientes,

y caballos y patos volando al clarear

eran todos un sueño.

Se prohíbe el soñar otra vez.

Destrozamos nuestros goces, los escondemos.

Los caballos, hoy, son acerados, plateados,

y nimios gordos deben montarlos.

Soy el gusano sin retorno,

un eunuco sin gineceo,

y entre el cura y el comisario

yo ando cual Eugene Aram.

Y el comisario describe mi fortuna

mientras la radio habla.

Y el cura vaticina a Austin Seven,

pues Duggie siempre abona.

Soñé que habité marmóreos salones

y recordé que eso era cierto.

No nací para la época actual.

¿Fue Smith? ¿Fue Jones? ¿Fuiste tú?

La española guerra civil y otros hechos de 1936 y 1937 mudaron la realidad, por lo que conocí el lugar en que yo yacía. Cada línea de seria labor que redacté desde 1936 fue pergeñada, directa o indirectamente, contra el totalitarismo y por el democrático socialismo, según lo entiendo. Paréceme sinsentido que en nuestra época se piense que se puede soslayar el redactar acerca de tales hechos. Todos escriben de ello de varias guisas. Esto es simplemente cuestión de bandería, del perspectivismo que uno adopte. Y la mayor conciencia de las dilecciones políticas dispensa más oportunidades de actuar políticamente sin sacrificar la estética o la intelectual integridad.

Lo que más he afanado durante los diez años pretéritos es realizar políticos textos artísticos. Mi punto de partida es siempre el sentimiento partidista, el sentir lo injusto. Al sentarme a pergeñar libros no me digo que produciré una obra de arte. Escribo porque hay alguna mentira que deseo exhibir, algún hecho que deseo sea atendido, y mi primigenia angustia es ser oído. Mas no podría hacer textos, o incluso largos artículos de revista, si no son también estéticas vivencias. Cualquiera que procure examinar mi trabajo notará que incluso, cuando es descarada propaganda, contiene mucho de lo que el político profesional consideraría irrelevante. No me es posible ni deseable abandonar completamente la global perspectiva que adquirí en la niñez. En tanto viva y sea fuerte continuaré fuertemente atraído por el estilo prosístico, amando la terrestre superficie y complaciéndome en la cepa de las cosas y en las informaciones baladí. Inútil es querer suprimir tal aspecto de mí mismo. La labor es reconciliar los enraizados placeres y displaceres con los esencialmente públicos, no individuales quehaceres que la época a todos impone.

Tal no es fácil, pues supone problemas constructivos y de lenguaje, y también nueva forma del problema de la veracidad. Permítaseme dispensar sólo un ejemplo de la cruda dificultad que emerge. Mi obra sobre la española guerra civil, Homenaje a Cataluña, a las claras es franco libro político, mas en general fue redactado con cuidados, miramientos formales. Mucho me esforcé por proferir la completa verdad sin violar los literarios instintos. Y entre otras cosas él contiene largo capítulo poblado de periodísticas citas y semejanzas que defienden a los trotskistas acusados de conspirar con Franco. Claro es que tal centón, que luego de uno o dos años deja de interesar a cualquier ordinario lector, debe arruinar el libro. Un crítico que respeto me leyó un discurso sobre el caso. “¿Por qué pone en todo esas cosas?”, dijo. “Ha vuelto lo que pudo ser gran obra en periodismo”. Lo dicho fue cierto, mas no podía hacerlo de otro modo. Sucedió que supe que poca gente en Inglaterra se enteró de que inocentes hombres eran falsamente acusados. Sin haber sido enfadado por eso no hubiera pergeñado el libro.

De algún modo u otro el problema retorna siempre. El problema lingüístico es agudo, y gastaría mucho tiempo discutirlo. Diré únicamente que los pasados años procuré escribir menos pintorescamente, más exactamente. En todo caso noto que el perfeccionar una estilística es rebasarla. La granja fue libro en que por vez primera procuré, con suma conciencia de lo hecho, adunar políticos y artísticos fines en un volumen. No he redactado novelas durante siete años, mas espero redactar una prontamente. Es destino suyo fracasar. Todo libro es fracasado, pero sé con somera claridad qué clase de libro afano urdir.

Leyendo una, dos páginas anteriores, noto que parece que los móviles por los que escribo son enteramente inspirados por el público. No deseo que esa sea la impresión final. Todo escritor es banal, egoísta, haragán, y la causa de sus móviles es misteriosa. Redactar libros es hórrida, fatigosa brega, como la padecida en dolorosa enfermedad. No se acometería tamaña labor sin ser movido por algún demonio irresistible, incomprensible. Nadie ignora que ese demonio es meramente el mismo instinto que causa el llanto del niño que afana atención. Y, con todo, también es verdad que no se puede redactar nada legible sin mucho procurar escamotear la personalidad. La prosa excelente es como el límpido ventanal. Me es imposible decir certero qué motivo me enseñorea más, pero sí sé cuál merece ser acatado. Al leer mi pretérita obra noto que invariablemente, donde fui ayuno de afanes políticos, redacté yermos libros y fui desviado por períodos oscuros, frases insignificantes, adjetivos decorativos, genéricas patrañas.-

Gangrel, 1946

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