65 Festival de San Sebastián. Segunda jornada. |
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65 Festival de San Sebastián. Segunda jornada.

Por José Luis Muñoz , 28 septiembre, 2017

No es bueno empezar sin café, pero este cronista no tuvo tiempo ni de tomarlo para llegar a las 9 en punto al teatro Victoria Eugenia, ni siquiera después: cosas del metraje de esa primera sesión. Sin café abordar el largo día que me espera será duro. Mañana me llevo un termo. Pena no ser argentino para hincharme a mates.

La rumana Pororoca (el término se refiere a un tipo de oleaje creciente que se produce en la desembocadura de algunos ríos) de Constantín Popesco debería ser una firme candidata a la Concha de Oro desde la modesta opinión de este crítico. El realizador rumano hace una película sin concesiones al espectador. Un joven matrimonio con dos hijos pequeños tienen una plácida existencia hasta que su hija María desaparece jugando en un parque ante los ojos de su padre. Con minuciosidad, filmando a veces en tiempo real (la secuencia del parque) y un tempo deliberadamente lento y con cámara inquieta que guarda cierta fidelidad a los principios de Lars Von Trier como en planos absolutamente estáticos (recurso que utiliza Michael Haneke), el director rumano nos sumerge en el infierno progresivo en que se convierte la vida de ese padre (aflora el reproche de su cónyuge, aunque no de inmediato: Devuélveme a mi hija, tú la perdiste) que termina literalmente enloqueciendo (como Travis de Taxi Driver se rapa la cabeza) en su anhelo de encontrar a su hija perdida. Película muy medida toda ella que explota, al final, como su propio protagonista en una escena catártica y ultraviolenta propia de Gaspar Noé. Y dale con el franco/argentino responsable de Irreversible, pero hay un cráneo que resulta machacado a conciencia. Como suceden al final las escenas de brutalidad cinematográfica, los sensibles a la violencia explícita no pudieron abandonar el Victoria Eugenia. El cine rumano, como el flamenco, se está convirtiendo en un referente de calidad indiscutible.

Buena aportación norteamericana a la sección oficial por parte del cineasta independiente Martt Porterfield. Y sigo sin tener tiempo para meterme un café en la vena porque el cine Trueba, en donde la proyectan, dista una enormidad del teatro Victoria Eugenia y, acostumbrado a la cuadrícula de Barcelona, me hago un lío en Donostia con sus calles no paralelas. Sollers Point es cine social alrededor de un joven inadaptado, temática muy querida por el cine estadounidense desde Rebeldes sin causa. Keith, un muchacho que ha pasado una temporada en el correccional y lleva en el tobillo la pulsera electrónica porque está en libertad condicional, no consigue reinsertarse en su barrio: con su padre no se comunica y las malas compañías le tientan para que siga la senda torcida. Además su antigua novia no quiere saber nada de él y ha perdido a su perro. Sobrevivir en esas condiciones se le hace cuesta arriba. Film dinámico, lleno de brío y ritmo que cuenta con buenas interpretaciones como la del jovencísimo protagonista McCaul Lombardi, una especie de Kevin Bacon adolescente.

Mientras corro desde los cines Trueba al Principal, sin poderme tomar un triste café (esto me recuerda cada vez más a los maratonianos week end al otro lado de los Pirineos para ver el cine que no llegaba con el franquismo del que no hemos salido) ni comer un pastel vasco, me doy cuenta que ayer ya llovió todo lo que tenía que llover y hoy luce el sol. Pero poco sol tomo yo, el mismo que los cientos de acreditados que cruzan en uno y otro sentido el Urumea, van comiendo mientras andan y procuran ver el máximo de películas.

En el Principal, a una hora infame en que debería estar comiendo una merluza a la vasca en el restaurante Okendo, a las 14 horas, me espera mi primera película china que concurre al premio Nuevos Directores. From Where We`ve Fallen es el debut en la realización cinematográfica del escritor chino Wang Feifei. Claro ejemplo de que complejidad narrativa es mera incapacidad de contar una historia muchas veces. Vidas cruzadas caótica a la china. Una historia de amor, un negocio de pulir piedras hasta transformarlas en cristales, un suicidio, unos peces que agonizan en el suelo, una isla con fuerte marea y lo que quiera ir metiendo en la lata cinematográfica su director. La naturaleza es sabia y me dispone una película flojita para echar un sueño reparador.

Seguimos con películas para dar cabezadas aunque Wonderstruck lleve la firma de un director de culto (cola larguísima para acceder al Principal), la de Todd Haynes, y cuente entre sus actrices a Julianne Moore y Michelle Williams. Así es que esta va a ser la primera película con la protagonista de Las horas que voy a detestar. Para mí fue un insoportable cuento infantil con museos y  niños mudos que buscan a sus mamás en Nueva York en dos épocas (sí, hay cine en blanco y negro silente e impostado). Con ramalazos del peor Steven Spielberg, el que se vuelve ñoño en cuanto encuadra a un chaval, y absolutamente aburrida, Wonderstruck fue muy aplaudida por los respetables acreditados y me fue muy útil para hacer una cura de sueño rápida. Lo mejor, lo único, la soberbia ambientación del New York de los setenta y la banda sonora de la época con doble o triple homenaje a Eumir Deodato y su versión pop de Así hablaba Zaratustra. Después de la proyección, tortilla patata y caña. A nivel gastronómico mi semana es un desastre.

Del cine de niños de Todd Haynes al de adolescentes de Marrowbone de Sergio S. Sánchez con el sello Inconfundible de José Antonio Bayona, producida por Amazon (glups), hablada en inglés e interpretada por actores norteamericanos, o sea, un producto especialmente manufacturado para el cine de palomitas que uno se pregunta qué hace en la Sección Oficial de un festival. Ambientación victoriana, sustos a gogó y casa con fantasmas con todos los golpes previsibles del subgénero y guiño final a Los otros. La película entretiene, provoca abundantes risas en las secuencias de miedo y tiene, hay que decirlo, impecable factura.

No veo ni a Mónica Bellucci ni a Arnold Schwarzenegger por ningún lado. Tampoco a Joseph Losey del que se proyecta una retrospectiva que demuestra que hay muertos que siguen vivos. Así es que me siento ya de noche en la terraza de Oiartzun a comerme dos pasteles vascos pequeños y tomarme un café con leche que me mantenga despierto por la noche.

La última de la noche es española, concurre también a la Sección Oficial y lleva por título Morir. Y por tema.  Al final de las vacaciones de una joven pareja él le dice a ella que tiene un cáncer terminal. Morir no es nada fácil. A nadie se le enseña. Es algo muy privado que cada uno gestiona a su manera. El protagonista de Morir decide hacerlo en la intimidad, ocultándoselo a los suyos y con la única ayuda de su novia a la que el asunto, además de doloroso, se le hace muy grande. La película de Fernando Franco está inspirada en una novela homónima del escritor austriaco Arthur Schnitzler, uno de mis escritores de cabecera. El film es moroso, por no decir que algo aburrido, y queda perjudicado por la incapacidad del realizador de crear personajes, de los que apenas sabemos que uno se muere y el otro le ayuda a morir, y una interpretación átona de Andrés Gertrúdix y Marian Álvarez. Nadie murió mejor en el cine que John Malkowicz en El cielo protector.

 

Mañana más y espero tener un hueco para sentarme a comer. No sólo de cine vive el hombre, aunque yo lo parezca.

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