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Contra la poca inspiración del redactor

Por Eduardo Zeind Palafox , 28 abril, 2014

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Yo quisiera tener la serenidad que tenía Pío Baroja al escribir; quisiera, suplico irritado a las musas, poder escribir con la parsimonia y reflexión con la que escribió Cervantes, pues sólo la calma, la templanza, permite que nuestras letras broten unas detrás de las otras y no todas estrelladas, siendo las letras las que forman las palabras y éstas las que pergeñan las frases, que son los sintagmas de nuestro pensamiento, que cuando es claro fragua un lenguaje único, propio, que es decir íntimo, tanto como el que crean los músicos, que jamás podrán instruir del todo al intérprete de sus bellezas para que entienda los matices de las vocales de su espíritu, sus vivencias. Mas para librarme de la prisa, mas para ganar habilidad y talento, leo todos los días al temible Larra y al fino Leopoldo Alas, autores que mis lectores conocerán porque los traigo mucho a colación. También leo con fervor al crítico Menéndez Pelayo, que aunque a veces es indigesto bien enseña a marchar sin cansancio, a esgrimir prosa sin rastrojos, castiza. 
 
Pero la lectura jamás será suficiente para aprender los subterfugios que usan los poetas para embozar con imágenes de la naturaleza lo que realmente ha sido estudio y ficción ¡Qué serenidad hay en la prosa de Zubiri! ¡Qué claridad de pensamiento tenía Ortega y Gasset! ¡Qué confianza en sus decires tenía el citado Baroja! Para resolver mis dubitaciones escribí una epístola y la dirigí a un sacerdote más amigo del misterio que mío, misiva en la que lancé balumba de dudas. Es fácil, digo en la que de tanto ser emborronada paró en palimpsesto, caer en el emanatismo cuando se escribe todos los días a marchas forzadas; también es fácil, detallé, tropezarse con el agnosticismo, con el neoplatonismo y con la falsedad. ¿Por qué? Porque el redactor, en su afán de parir innovaciones, termina preocupándose por la mera forma, que es un modo o emanación del contenido, si me es lícito citar a muy a mi sabor a Spinoza. 
 
Fructuoso fue el “dulce tiempo de la edad primera” del que habló el sabio Petrarca, época en que nada estaba dicho, época de textos y refranes que por nuevos pasaban por sabihondos; bonito tiempo el de las espeluncas de Platón, donde un poco de luz teníase por entelequia filosofal. Con todo, he lucubrado la solución para paliar mis fatigas: acatar las enseñanzas de la Teología, pues en achaques divinos nadie tiene la última parábola, ateniéndonos a la etimología de la palabra “palabra”. El versificador Rainer Maria Rilke, en un poema que mi abuela me hizo memorizar para salvar la salud de mis espaldas, que cual Quijote ella confundía con medio eficaz para desencantarme de los encantamentos que teníanme en la estupidez infantil, escribió que Dios es una “antigua torre”. ¿A qué mentar lo de la antigüedad”? Bien se mienta, pues las casas modernas, torres de pocilgas, son poco gruesas, indignas del silencio y tormentosas para todo lector, que necesita del silencio para que sus prevaricaciones campanudas suenen contra la ignorancia. 
 
Dios es una “antigua torre”, o dicho en quijotil, un lugar donde no hay las palabras “tuyo” y “mío”, según enseña nuestro doctísimo Caballero Andante en el Capítulo XI de nuestra Novela. ¿Tuyo? ¿Mío? Hoy hay novedad cuando hablamos de igualdad o de equidad o de justicia, pues vivimos en una sociedad hecha de absurdos y sordos, de usados y abusos, de incoherencias e inmanencias burocráticas, de falacias disfrazas de doctrina más libertina que libertaria. El Salmo XIII, en la Biblia de Jerusalén, enuncia la que podría ser la perenne queja del moderno hombre, que Dios quiera no sea perenne; dice: “¿Hasta cuándo, Yavhé? ¿Me olvidarás para siempre?/ ¿Hasta cuándo me ocultarás tu rostro?/ ¿Hasta cuándo andaré angustiado,/ con el corazón en un puño día y noche?”. El erario de la Biblia es infinito, y por eso alcanza para apagar la estulticia humana, que será infinita si no se apura el Juicio Final. 
 
La Teología nos hace meditar en la justicia, que es idea, abstracción; la escolástica, por su lado, nos hace razonar lo que es abstracto, trocar en objetos o palabras lo que es humeante imagen o balbuceo. El estudio de los clásicos nos enseña a distanciarnos de nuestra cotidianidad; y el distanciamiento, sólo algunos pocos de millones de iletrados lo ignoran, es fundamento de la ciencia, que es saber impopular, indigesto, que va contra los paradigmas primitivos. Querrá el incrédulo lector pruebas de la calidad del hontanar teológico, y se las daremos. Zubiri, al recibir el doctorado “honoris causa” que la Universidad de Deusto le concedió, dijo: “Me hace pensar en mis limitaciones de toda suerte, tanto más visibles cuanto mayor es el honor que se me hace. Pero es un honor que acepto con humildad y satisfacción, no por razones –digámoslo así– científicas, sino por otras razones mucho más graves y hondas. Ante todo, porque se trata de teología, y la teología es una de las fibras más íntimas de mi realidad personal”. La Teología, que exige conocer la “raíz de la sabiduría”, de las palabras, nos muestra las intuiciones que dieron origen a los pictogramas e ideogramas, diseños o designios que han generado la gramática con la que pensamos, sin la cual somos como Adán en el Paraíso, inocentones incapaces de conocer el mecanismo del mundo circundande, pueril condición para bestezuelas del Averno. 
 
E. Z. P. 

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