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2.160 Segundos – (primera parte)

Por Miguel Ángel González , 3 abril, 2014
Wladimir

Wladimir y Vitali Klitschko

Un combate de boxeo tiene una duración máxima de 12 asaltos, cada uno de esos asaltos está compuesto por bloques de 3 minutos, por lo que una pelea en la que ninguno de los dos contendientes cae a la lona y deben ser los jueces quienes decidan el nombre del ganador, dura exactamente, sin contar los descansos, 36 minutos, o lo que es lo mismo 2.160 segundos.

El tiempo exacto que pasé frente al número 72 de la calle Méndez Álvaro esperando a que apareciese Cristina Gómez Babío la tarde del pasado jueves.

Empecemos por el principio.

Entre el 6 y el 9 de marzo se celebra el VII Campeonato de España de Boxeo Femenino y, dado que en la prensa deportiva actual no parece haber demasiado espacio para los cuadriláteros, pienso que puede ser buena idea entrevistar a una de sus ganadoras y posteriormente publicar un pequeño reportaje sobre nuestra cita.

Para llevar a cabo el encuentro, escribo un correo electrónico a la Federación Española de Boxeo y les pido el contacto de alguna de las triunfadoras de la velada. Les proporciono varios nombres de boxeadoras con residencia en Madrid para que la posible cita sea más fácil de ejecutar. No me responden, pero pocos minutos después llega a mi bandeja de entrada un email de la campeona en la categoría de 54 kilos representando a la Federación de Boxeo de Castilla-La Manca, cuyo seleccionador es el afamado exboxeador Javier Castillejo.

La conversación entre nosotros es fluida, le envío algunos enlaces a las entradas que ya he publicado en este diario para que pueda valorar mi trabajo, y le indico que no se trata de realizar una entrevista al uso, sino más bien de una charla informal en la que, pese a que llevaré un pequeño guión para mantener el rumbo de la conversación, podremos hablar sobre cualquier tema. Aunque mi memoria es pésima, le recalco en varios momentos de la charla que no usaré grabadora. Lo hago únicamente por imitar la forma de escribir de Truman Capote. Esto último no se lo digo, tampoco le hablo de mi nefasta capacidad memorística.

Una primera cita no es el momento idóneo para confesar todos nuestros pecados.

Podemos vernos en el Vips de la Calle Méndez Álvaro, dice ella. Fantástico, respondo de inmediato, aunque lo cierto es que desconozco que haya tal restaurante en dicha calle, por lo que antes de montarme en el coche, busco su localización en un GPS.

Mientras preparo la entrevista realizo una llamada a un amigo con el que me había citado. Le comunico el motivo por el que debo cancelar nuestro encuentro.

Pregúntale por Million Dollar Baby, me dice. Y después ríe. No me queda claro si lo ha dicho en serio, pero en cualquier caso me parece una buena idea y tomo nota de ella.

Ha llegado a su destino, me indica la voz mecanizada del navegador, pero a ninguno de los dos lados del lugar exacto en el que me encuentro puede verse un restaurante. Aparco a un lado y me bajo del coche, miro a mi alrededor y descubro que el local se encuentra a varias decenas de números calle arriba. Son las 19:32. Hemos quedado a las 19:30. Corro, intentando no fatigarme demasiado para no acabar empapado en sudor y dar la impresión de ser un psicópata, y al mismo tiempo comienzo a improvisar excusas que justifiquen mi retraso.

Cuando llego no hay nadie en la puerta. En cierto modo me siento aliviado, ya que he fracasado en los dos objetivos que me había propuesto al recorrer la distancia que me separaba de mi destino.

Comienzo a pasear junto a la fachada roja del establecimiento, siete pasos en una dirección y otros siete pasos en la dirección opuesta.

Tardo alrededor de once minutos en descubrir que no disponer del número de teléfono de la persona con la que me he citado puede ser un inconveniente. Decido entonces escribirle un correo electrónico desde mi móvil, su texto dice textualmente:

“Hola, Cristina.

Soy Miguel Ángel González. Estoy en la puerta del restaurante en el que hemos quedado, pero no te veo.”

Lo envío. Y nada más hacerlo pienso en lo absurdo que es el texto. Durante los siguientes quince minutos actualizo la bandeja de entrada de mi buzón un centenar de veces. Ofertas para depilación láser. Noches románticas en una casa rural en Cuenca y descuentos en la compra de vinilos decorativos para el hogar. Esos son todos los mensajes que llegan.

Las puerta principal se abre. Una niña rubia, con la cara pintada con ceras de colores,  abre los brazos hacia el cielo y dice: ¡HOLA!

Giro la cabeza hacia atrás para comprobar si soy el destinatario de su efusivo saludo o si, por contra, hay alguien más junto a mí. A unos pocos metros de distancia se encuentra un chico de unos dieciséis años, él también parece estar esperando a alguien, ya que mira constantemente a su alrededor.

Los padres de la niña abandonan el restaurante tras ella y los tres se alejan caminando. Hasta donde me alcanza la vista, la pequeña continúa con los brazos extendidos saludando enérgicamente a todas las personas que se cruzan en su camino.

El adolescente se dirige con paso decidido hacia el lugar en el que me encuentro. Cuando estamos uno frente al otro extiende su mano hacia mi torso y la deja ahí, suspendida en el aire.

Hola, Wladimir, me dice.

Agarro con fuerza sus dedos entre los míos y balanceo enérgicamente nuestras manos de arriba a abajo. Lo hago aunque no me llamo Wladimir, lo hago aunque nunca en toda mi vida he conocido personalmente a nadie que se llame así, lo hago aunque ni siquiera me parezco a ningún otro ser humano que se llame Wladimir. Lo hago, sencillamente, como un acto reflejo.

No soy Wladimir, lo siento, le explico.

Él mira desconcertado nuestras manos, que siguen bamboleándose en el aire, como si no pudiera entender que haya aceptado su afable saludo sin ser la persona con la que se había citado.

Un coche se detiene en doble fila frente a nosotros y un hombre sale de su interior. Es alto, calvo y debe rondar los cuarenta años.

El hombre nos mira. El chico mira al hombre. Yo miro al chico y después al hombre. El chico vuelve a mirarme y acto seguido se separa de mí. No le culpo; en ese momento los tres asumimos que la cara del tipo que acaba de bajar del automóvil encaja mucho más con la que se esperaría de alguien con semejante nombre.

Compruebo la hora en mi reloj de pulsera. Han pasado 36 minutos. Comprendo entonces que ha llegado el momento de regresar a casa. Desando el camino que había recorrido a toda velocidad hace algo más de media hora pensando que, a fin de cuentas, mi tarde no ha estado tan alejada del mundo del boxeo, al haber sido confundido con una persona cuyo nombre es idéntico al del campeón mundial de los pesos pesados de la Federación, de la Organización Internacional y de la Asociación Mundial de Boxeo, Wladimir Klitschko, hermano del también boxeador, y líder de la Alianza Democrática Ucraniana, Vitali Klitschko.

Podría ser peor, me digo a mi mismo un instante antes de hacer girar la llave que arranca el motor.

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