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17 de diciembre del 2014: otro solapamiento festivo para recordar en la “Nueva Cuba”

Por Ignacio González Barbero , 23 diciembre, 2014

Por Henry Eric Hernández.

Milies-de-velas-Sabemos que las festividades tradicionales constituyen una forma primordial para concebir el mundo del hombre, guardando siempre una profunda relación con el tiempo natural, biológico e histórico que lo envuelve. Sabemos también que muchas de esas fiestas, suelen estructurarse sobre la inversión total del orden: del todo. Tal inversión, es decir su papel esencial en cuanto a regir un vivir entre el descoyuntamiento de lo físico y lo social simultáneamente, ha tramitado el ordenamiento pasional del totalitarismo cubano y su asentamiento en la orquestación política del “tiempo futuro”.

De esta relación, surge la “sobreestadía de alegría” en la que entra la nación cubana a partir de 1959: un cuasiinterminable período fiestero y celebrativo cuya carnavalización supone desde la imaginería oficial una transformación en continuidad. A dicha relación, se debe además que constantemente se hable en términos de la Revolución cubana y lógicamente de los contrarrevolucionarios; si bien a este respecto, oficialmente, nunca se ha empleado el término oposición. Por ello connota, la sintaxis de la Revolución, un estado de eterno comienzo que conlleva articular fáctica y simbólicamente el evento denotado como una “fiesta continuista” en el que se expulsa sin parar –parafraseando a Fernando Ortiz– la cosa mala. Una expulsión que procura resurrecciones y renovaciones capaces de seguir abriendo caminos al reino de lo utópico. A raíz de esto, el primer paso del pachangueo socialista en cualquiera de sus formas y direcciones, ha sido el solapamiento calendárico. Y solapar deriva aquí en la fijación mítica de los eventos y sus personajes.

A propósito, cito un solapamiento iniciático, como puede ser la transcripción de una secuencia del documental Cuba, Sí (1961) del peregrino político Chris Marker hecha por él mismo para la revista Cine Cubano:

Precedido por muchachas (batutas), un cortejo recorría la ciudad, proclamando su desapego de todo lo que fuera americano. Esto sucedía el año pasado en La Habana. Allí se preparaban a celebrar en el siguiente orden: el primero de enero, que es el primero de enero; el 2 de enero que es el aniversario de la Revolución; el Día de Reyes que es Navidad, la verdadera Navidad, el día de los regalos, en el que se ofrece a los niños perros chiquitos que crecerán, conejos chiquitos que crecerán, cotorritas bautizadas, pescados, osos y muñecas, y también metralletas chiquitas que crecerán. […] Ahora bien, los adultos también tienen reyes magos: en el edificio de una telemisora, Fidel Castro, Che Guevara y Juan Almeida aportaban al pueblo cubano los tres regalos de la Revolución. La Industrialización. La Reforma Agraria. La Alfabetización.

La huida del dictador Fulgencio Batista durante la Fiesta de Nochevieja de 1958 apresura el triunfo revolucionario trayendo así la descolocación festiva en cuanto a desplazar, por extensión, las celebraciones solsticiales de invierno, desde la Nochebuena hasta la celebración del Día de los Santos Reyes, por la del triunfo de la Revolución. Como en su día el catolicismo para con lo pagano, el proyecto revolucionario descoloca la festividad de la mítica cívica originaria –tradicional si se quiere– para sincronizarla con el mito del (re)inicio de la lucha armada: por ejemplo, el Asalto al Cuartel Moncada el 26 de julio de 1953, ejecutado al amanecer después de la noche celebrativa de la Santa Ana aprovechando el libertinaje carnaválico que vivía la ciudad de Santiago de Cuba. Ello viene a radicalizar dos cuestiones de la tradición colonial: por una parte, la suspensión de la temporalidad original de los carnavales –Cuaresma, San Juan y Pascua de Resurrección– con la intención de no distraer a la población de los quehaceres de la zafra programándolos para el verano una vez terminada ésta, y por otra, la refundación de su dimensión, es decir de ese desenfreno proporcional a la represión de la sociedad esclavista, para en cada conmemoración de cualquiera fecha o efeméride de corte revolucionario, sacar a la luz, regenerar, atacar y reprimir, actos e individuos. Una vez encaminada la Revolución, digamos durante su primera década, la risa gozosa y el libertinaje carnavalesco son desterrados a un anquilosamiento provocado por la ideologización marxista-leninista. Se impone, bajtinianamente hablando, la cultura de los agelastoi, que por ejemplo desautoriza “excepcionalmente” en 1969, Año del esfuerzo decisivo, en vísperas de la zafra de los Diez Millones, la familiar Fiesta de Nochebuena y su consecuente día feriado el 25 de diciembre. Una fiesta de la que se desliga a la sociedad hasta 1997, cuando se readmite y también con carácter “excepcional” en vísperas de la visita del Papa Juan Pablo II a Cuba. Por tanto, no es hasta otro evento políticamente conveniente para el discurso gubernamental cubano, que se autoriza tal festejo.

En resumen, solapar las fechas festivas de la tradición popular equivale a fijar las conmemoraciones del calendario epopéyico-político, tanto como a romper consecuentemente la elección personal de participar o no en tal o más cual celebración o festejo. Con esto, plazas, calles, centros laborales, educacionales y de recreo, e incluso los hogares, experimentan la profanación del obligatorio pachangueo revolucionario. Por tanto, la lógica de tal solapamiento sería: tienes libertad para elegir, si y solo si, eliges lo correcto. Así pues, las diferentes formas de pachangueo socialista han venido instituyendo positividades y negatividades, y han pasado de ser representativas de la llamada baja cultura para establecer cierta percepción de ascensión e inmortalidad comunitaria, de cohesión revolucionaria y de pertenencia a una homogeneidad ideológica reconocida. Podríamos asumir, que se trata de una mutación a entender como la forma política e intelectual de “sacar al populacho de la incultura”.

Arrastrando todo esto, hemos asistido este 17 de diciembre de 2014, Día de San Lázaro, al solapamiento más aplaudido por todos en los últimos tiempos: aplaudido en estado de shock por las élites políticas internacionales –de izquierda, derecha y centro–, por la disidencia insular y la oposición miamense, por los artistas e intelectuales cubanos –desde los más tranquilos hasta los más contestatarios– y por la gente de a pie de las dos orillas; si bien, quede claro, este no será el último y menos aún el solapamiento definitivo. Solapar la tradición religiosa, la festividad colectiva y la peregrinación personal en torno a la figura y a los templos de San Lázaro, no es fortuito. Pues, sería ingenuo, a estas alturas, quitar relevancia a la fabricación de ciertas formaciones sentimentalistas y entusiásticas por parte de los gestores del totalitarismo cubano. Podríamos pensar, que se ha elegido el día 17 porque se suponía que, como se ha hecho costumbre desde que se ha ido permitiendo a partir de los años noventas, la gran mayoría de los cubanos estarían enfrascados en sus actividades religiosas y, una vez dada la noticia y televisadas las comparecencias de Castro y Obama, nadie se tiraría a la calle, es decir no habría alboroto alguno más que el propio de dichas actividades religiosas. O, podríamos pensar, que tales gestores, quienes –valga decirlo– han fustigado siempre cualquier práctica o acto religioso por ir en contra de los preceptos cientificistas de la Revolución, han hecho un pacto de fe al elegir el día 17. O incluso, podríamos pensar, que debido a tanto solapamiento y tanto quebranto del imaginario, el subconciente de dichos gestores los ha traicionado y, sin quererlo, han elegido el tan señalado 17 de diciembre. O, siendo “más objetivos”, podríamos pensar que se ha elegido dicho día para opacar el hecho de que los cubanos siguen escapando de la isla en embarcaciones y que, más doloroso aún, los militares siguen metrallándolas y hundiéndolas sin reparo alguno. (Por cierto, noticia no publicada por la prensa dominante occidental).

Pero, dicha elección, es mucho más perversa, pues ya no se trata de solapar una festividad tradicional o una fecha de carga religiosa, con una festividad patriótica o una fecha crucial para la Revolución; se trata de equiparar ambos eventos. Y, equiparar, significa aquí revalorización de la fe en el proyecto gubernamental cubano por parte de la comunidad, repito, la de adentro y la de afuera; pero, sobre todo, significa revalorización de la fe del poder cubano, no sólo en cuanto a consolidar su perpetuidad, sino a que no se le califique de totalitario. En todo caso, equiparar la celebración religiosa de San Lázaro con la celebración del deshielo diplomático Cuba-Estados Unidos, es convertir la segunda –ipso facto– en un evento tan arquetípico como la primera, viabilizador de la normalización de la decisión de normalizar dichas relaciones diplomáticas. Una vez más, el espacio de la fiestividad cívica, es ultrajado por la imperiosidad política. Así, ambos eventos, no sólo serán recordados al unísono, sino que serán asumidos como eventos de re-inicio. Por tanto, la rentabilidad del solapamiento calendárico radica en que, a partir de este 17 de diciembre de 2014, ha quedado activada la repetición del acto cosmogónico de la Revolución, o lo que es lo mismo, la abolición del destino en cuanto a ciega fatalidad del totalitarismo cubano.

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