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11 de Septiembre

Por José Luis Muñoz , 13 septiembre, 2018

La fecha es fatídica se mire por donde se mire. En 1714 los austracistas catalanes perdieron frente a los borbónicos y Catalunya se quedó sin buena parte de sus instituciones por apostar a caballo perdedor. En 1973 Augusto Pinochet, con el apoyo de la CIA, bombardea el Palacio de la Moneda y acaba con Salvador Allende y su sueño de alcanzar el socialismo por métodos democráticos. En 2001 pilotos suicidas de Al Qaeda abaten las Torres Gemelas de Nueva York, la ciudad más liberal de Estados Unidos, en uno de los atentados más oscuros que se conocen y que daría pie a ese negocio formidable que se bautizó como cruzada contra el eje del mal, causó cuatrocientos mil muertos, la destrucción de todo Oriente Medio y el rebrote del yihadismo. ¿Qué hay que celebrar?

Somos animales de costumbres el Filósofo Rojo y yo. Raras avis que nos conocemos desde hace más de medio siglo y en ese tiempo tan dilatado no nos hemos perdido nunca el rastro que ha ido de las barricadas a las montañas. Empieza a ser ya un ritual celebrar el 11 de septiembre a la gallega en una taberna de las Masías de Voltregá, extenso municipio rural que pivota alrededor de una de las cunas del independentismo, Vic, en una colonia fabril convertida en un rosario de viviendas pareadas que luce alguna estelada y lazo amarillo por esas fechas. Le damos al pulpo, a los calamares, al lacón y al Ribeiro mientras los independentistas llenan, una vez más y esta vez solos, la Diagonal de Barcelona desde la Plaza de las Glorias hasta el Palacio Real en donde piensan derribar el muro del 155. Seis kilómetros que llenan con un millón de entusiastas manifestantes que han renovado sus camisetas (nunca sirven las del año pasado, hay que hacer que corra el dinero) para que este año la marea sea de color coral.

Como muchos catalanes (a ver si se celebra el dichoso referéndum para cotejar las cifras), dejé de ir a esas concentraciones patrióticas del 11 de septiembre en cuanto tomaron un cariz independentista y excluyente, así es que mi cuatribarrada de antaño se debió perder en alguna de mis mudanzas. También he de confesar que mientras  gobernó el PP estuve a punto de abrazar la causa independentista simplemente para no ser gobernado por ese infausto partido que me produce urticaria y reconozco que si algo positivo ha tenido el movimiento independentista catalán para el resto de España ha sido cargarse el gobierno de Mariano Rajoy; por ese rechazo al tufo rancio que venía de Madrid y por los sucesos del 1 de octubre fui a depositar mi voto en el referendo de autodeterminación y fue uno de los 130.000 del NO a la independencia.

El ribeiro corre por nuestras gargantas y cada vez veo más esteladas en la pantalla de la TV3 que tengo enfrente. Ese ondear de banderas, lo confieso, me produce grima aunque las enarbolen los revolucionarios de las sonrisas. Los que agitan la rojigualda me dan miedo, que conste. Ni los gritos de Yo soy español, español, español, ni los de In-in-dependenciá me parecen líricos ni comparables al Pueblo unido jamás será vencido. Bebo y como pulpo mientras pregunto al Filósofo Rojo si se adoctrinaba en Vic. Había libertad de cátedra, unos sí y otros no, pero las directrices del departamento de Ensenyament de la Generalitat eran la de fomentar la identidad catalana. Glups. Me suena a Formación del Espíritu Nacional.

Identidad. Ahí está el quid. Y saber qué es identidad catalana y para qué sirve. Y si se edifica sobre rasgos étnicos, religiosos, culturales o lingüísticos. Sentir la pertenencia a un territorio, a una comunidad de gente que lo habita y partícipe de él. Pero el nacionalismo, que de eso va todo este tinglado, necesita un enemigo opresor, y ahí está España. España recorta el estatuto de autonomía, humilla a Catalunya, encarcela a su gobierno y reprime a porrazos a ese 48% fervientemente independentista que lo seguirá siendo a pesar de las falacias, torpezas y gesticulación de sus líderes.

El Filósofo Rojo da la espalda a los manifestantes de la Diagonal. Vivir en Vic y no compartir ese entusiasmo patriótico, que incluye una llamada a la oración desde el ayuntamiento, es muy complicado. Si pones la cuatribarrada en el balcón de tu casa ya te miran mal, dice; pero si pones la rojigualda te retiran el saludo. En Vic ETA perpetró uno de sus atentados más monstruosos y el monumento en su recuerdo sencillamente da pena o es directamente insultante para esas víctimas del terrorismo. Curioso: mis amigos de una de las zonas más indepes de Catalunya reniegan del nacionalismo que se palpa a todas horas, quizá como hartazgo por sobredosis.

Seguimos con los análisis políticos mientras damos cuenta de los calamares a la romana, la dueña del local nos pregunta qué queremos de postre y el cocinero libanés sale al aire libre a fumar. Con su tarta de orujo y mi biscuit seguimos con nuestros análisis políticos. Curiosamente los territorios en donde el carlismo tuvo más presencia en Catalunya son los más independentistas; el nacionalismo catalán se nutre también de una religiosidad católica y tradicionalista extrema y ahí tenemos a Oriol Junqueras, de misa diaria, a Jordi Pujol y el monasterio de Montserrat. Como el nacionalismo vasco salió de los conventos y tuvo a un jesuita, Xabier Arzallus que dejó la sotana por la política, como uno de sus popes indiscutibles, el que mandaba en la sombra, el que reprendía a los chicos de ETA, remacho.

Volvemos a Vic tras paladear dos whiskies escoceses y hablar de ginebras, vodkas y demás bebidas espirituosas. Buscamos una buena cervecería inglesa por calles desiertas en las que la tropa independentista ha dejado un rastro de banderas esteladas en los balcones y pancartas exigiendo la libertad de los presos políticos. El que haya presos políticos es una aberración, digo. Pedimos, en una terraza, dos pintas Paulaner de barril.

Lo malo de los nacionalismos es que son movimientos transversales, no de clase, y se  construyen contra el otro, me dice mientras media su Paulaner que se debe beber paladeando y es casi alimenticia, será mi cena, y me pone un ejemplo meridiano. Le pregunté a una señora de la limpieza independentista del instituto si se sentía más cerca de una señora de la limpieza de Córdoba o de su empresario catalán. De la señora de Córdoba, por supuesto. Pero el fragor de las banderas e himnos impiden esos razonamientos, el nacionalismo es una emoción y funciona aunque sus líderes hayan declarado esa independencia exprés que es una filfa y muchos de ellos hayan puesto tierra de por medio.

Pasé, una vez proclamada la república catalana, por el Palau a ver si habían arriado la bandera española, y ahí seguía, comento. La luz mengua y miro los balcones buscando una bandera española: ni los seguidores de Anglada, el Le Pen de Osona, se atreven. Iban de farol, como jugadores de póker, como confesó Clara Ponsatí. Vic sigue desierta; el ejército independentista ha tomado Barcelona desde las 17:14. Esto se habría acabado si el estado no interviene. ¿Qué habrían hecho al día siguiente de proclamada la independencia? Nada porque no había nada detrás. ¿Vistes su cara de funeral? Nunca he visto una proclamación de la independencia más triste que esa, la gente estaba emocionada y la clase política acojonada. Pero el estado acudió en su ayuda, los alimentó con la persecución judicial, la prisión y el 155. Ya no queda Paulaner y estoy de acuerdo con el Filósofo Rojo que es la reencarnación de Antonio Gramsci. El nacionalismo catalán dibuja una España monolítica, casposa y fascista que no existe más que en su imaginación, la España inventada que necesitan para reafirmarse.

Lo lamentable de todo eso es que el proceso lo ha paralizado todo, no se gobierna, no se legisla, no se abre el parlamento, no se producen debates políticos, el monotema consume todas las energías y amenaza con eternizarse. Nos declaramos profundamente aburridos y hartos.

Un grupo de treinta muchachos negros fornidos juegan en una cancha de fÚtbol como si Vic fuera Harlem. Son los hijos de los emigrantes que trabajan en las cárnicas. Son los nuevos viguetanos. Nos despedimos con un apretón de manos. Nos prometemos una nueva cita en Vic, el próximo 11 S. El Filósofo Rojo, siguiendo un ritual estudiado para estas fechas, escuchará La mauvaise réputation de George Brassens en cuanto entre en casa. Pienso en Salvador Allende y en el sueño perdido de la izquierda mientras voy de Osona, la comarca más independentista de Catalunya, al Val d’Aran, la menos. El dilema no es entre España y Catalunya sino entre catalanes. ERC ha tomado nota. Otros siguen ciegos y sordos.

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